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Table of Contents
About The Book
De la autora del bestseller #1 del New York Times, Romper el círculo, llega una novela sobre arriesgarlo todo por amor…y encontrar tu corazón atrapado entre la verdad y las mentiras.
A los veintiún años, Auburn Reed ha perdido casi todo lo que era importante para ella. En su lucha por recuperar una vida destrozada, tiene un objetivo a la vista y no hay margen para errores. Pero cuando entra en un estudio de arte en Dallas buscando empleo, no espera sentirse tan atraída por Owen Gentry, el enigmático artista que allí trabaja.
Por una vez, Auburn se arriesga y se deja llevar por su corazón, pero descubre que Owen está ocultando un gran secreto. Cuando el pasado de Owen amenaza con deshacer todo lo que Auburn creía sobre él, la única manera de no arruinar la vida que apenas ha comenzado a reconstruir es sacar a Owen de ella.
Para salvar su relación, Owen solo tiene que confesar, pero no puede. Porque sabe que algunas confesiones son mucho más destructivas que el pecado cometido.
An “edgy, sexy” (Booklist) story where love battles against betrayal, and every confession hides a dangerous secret—from the beloved #1 New York Times bestselling author of Verity and It Ends with Us.
Auburn Reed’s life is one meticulously constructed plan after another. But when she stumbles into Owen Gentry’s art studio, a chance encounter unravels a connection she cannot deny. Owen’s art, created from anonymous confessions, carries an eerie weight, its beauty laced with sorrow and truths too unsettling to ignore. Auburn is drawn to both the man and his mysterious work, and she’s willing to risk everything to know more.
But Owen has his own confession. His past is shrouded in secrets that could destroy everything Auburn believes about him. As choices made in the shadows threaten to unravel the delicate bond they’ve created, Auburn soon finds herself trapped in a labyrinth of lies, where love seems as dangerous as it is irresistible.
Raw, intense, and brimming with feeling, Confess takes us on a heart-wrenching journey where trust is a fragile weapon in the battle to hold onto what matters most—and true love and family are bonds that can never be broken.
A los veintiún años, Auburn Reed ha perdido casi todo lo que era importante para ella. En su lucha por recuperar una vida destrozada, tiene un objetivo a la vista y no hay margen para errores. Pero cuando entra en un estudio de arte en Dallas buscando empleo, no espera sentirse tan atraída por Owen Gentry, el enigmático artista que allí trabaja.
Por una vez, Auburn se arriesga y se deja llevar por su corazón, pero descubre que Owen está ocultando un gran secreto. Cuando el pasado de Owen amenaza con deshacer todo lo que Auburn creía sobre él, la única manera de no arruinar la vida que apenas ha comenzado a reconstruir es sacar a Owen de ella.
Para salvar su relación, Owen solo tiene que confesar, pero no puede. Porque sabe que algunas confesiones son mucho más destructivas que el pecado cometido.
An “edgy, sexy” (Booklist) story where love battles against betrayal, and every confession hides a dangerous secret—from the beloved #1 New York Times bestselling author of Verity and It Ends with Us.
Auburn Reed’s life is one meticulously constructed plan after another. But when she stumbles into Owen Gentry’s art studio, a chance encounter unravels a connection she cannot deny. Owen’s art, created from anonymous confessions, carries an eerie weight, its beauty laced with sorrow and truths too unsettling to ignore. Auburn is drawn to both the man and his mysterious work, and she’s willing to risk everything to know more.
But Owen has his own confession. His past is shrouded in secrets that could destroy everything Auburn believes about him. As choices made in the shadows threaten to unravel the delicate bond they’ve created, Auburn soon finds herself trapped in a labyrinth of lies, where love seems as dangerous as it is irresistible.
Raw, intense, and brimming with feeling, Confess takes us on a heart-wrenching journey where trust is a fragile weapon in the battle to hold onto what matters most—and true love and family are bonds that can never be broken.
Excerpt
Capítulo Uno: Auburn
Me muevo en la silla en cuanto él me dice sus honorarios por hora. Es imposible que pueda permitírmelo con mis ingresos.
—¿Ofrece algún tipo de facilidad de pago? —le pregunto.
Las arrugas que le rodean la boca se hacen más prominentes en su intento por no fruncir el ceño. Cruza los brazos sobre la mesa de caoba y junta las manos, presionando las yemas de los pulgares una contra la otra.
—Auburn, lo que me pides que haga va a costar dinero.
¡No me digas!
Se echa hacia atrás en la silla, se lleva las manos al pecho y las apoya en el abdomen.
—Los abogados son como las bodas. Obtienes lo que pagas.
No le digo que es una analogía horrible. En cambio, miro la tarjeta de visita que tengo en la mano. Me lo han recomendado porque es bueno y sabía que iba a ser caro, pero no imaginaba hasta qué punto. Necesitaré un segundo trabajo. Puede que incluso un tercero. En realidad, voy a tener que robar un dichoso banco.
—¿Y no hay garantía de que el juez falle a mi favor?
—La única promesa que puedo hacerte es que haré todo lo posible para que el juez falle a tu favor. Según la documentación que se presentó en Portland, te has colocado en una situación difícil. Esto llevará tiempo.
—Tengo de sobra —murmuro—. Volveré en cuanto cobre mi primera nómina.
Me hace concertar una cita con su secretaria y me despacha para que vuelva a salir al calor de Texas.
Llevo tres semanas viviendo aquí y, de momento, todas mis expectativas se han cumplido: es un lugar caluroso, húmedo y solitario.
Crecí en Portland, Oregón, y supuse que pasaría allí el resto de mi vida. Vine a Texas una vez, cuando tenía quince años, y aunque no fue agradable, no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. No como ahora, que haría cualquier cosa por regresar a mi ciudad natal.
Me cubro los ojos con las gafas de sol y echo a andar hacia mi apartamento. Vivir en el centro de Dallas no se parece en nada a vivir en el centro de Portland. Por lo menos allí tenía acceso a casi todo lo que la ciudad podía ofrecer con un simple paseo. Dallas es enorme y se expande, y ¿he mencionado el calor? Hace mucho calor. Y tuve que vender el carro para poder permitirme la mudanza, así que me veo obligada a elegir entre el transporte público y mis pies, teniendo en cuenta que estoy ahorrando para poder pagarle al abogado con el que acabo de reunirme.
No me puedo creer que haya llegado a esto. Ni siquiera he conseguido una clientela en la peluquería donde trabajo, así que definitivamente tendré que buscarme un segundo empleo. No sé de dónde voy a encontrar tiempo para hacerlo, por culpa de los erráticos horarios de Lydia.
Y hablando del rey de Roma…
Marco su número y espero a que conteste. Al oír que sale el buzón de voz, me debato entre dejarle un mensaje o llamarla más tarde. Estoy segura de que borra los mensajes, así que corto la llamada y meto el teléfono en el bolso. Noto que me sube el rubor por el cuello y las mejillas, y que me arden los ojos. Es la decimotercera vez que camino de vuelta a casa en mi nuevo estado, en una ciudad habitada solo por desconocidos, pero estoy decidida a que sea la primera vez que no llego llorando. Mis vecinos seguramente me creen una psicótica.
Es que la caminata del trabajo a casa es muy larga, y los paseos largos hacen que contemple mi vida, y mi vida me hace llorar.
Hago una pausa y me miro en el escaparate de un local para comprobar si se me ha corrido el rímel. Observo mi reflejo y no me gusta lo que veo.
Una chica que odia las decisiones que ha tomado en su vida.
Una chica que odia su carrera profesional.
Una chica que echa de menos Portland.
Una chica que necesita desesperadamente un segundo empleo, y una chica que está leyendo un cartel de SE NECESITA AYUDANTE en el escaparate.
Se necesita ayudante.
Tocar para solicitar empleo.
Doy un paso atrás y evalúo el edificio que tengo delante. He pasado por aquí todos los días de camino al trabajo y nunca me había fijado en él. Seguramente porque por las mañanas voy hablando por teléfono y por las tardes vuelvo con demasiadas lágrimas en los ojos como para fijarme en lo que me rodea.
CONFESIONES
Es lo único que dice el cartel. El nombre me hace pensar que podría ser una iglesia, pero la idea se desvanece rápidamente cuando miro de cerca los demás escaparates. Están cubiertos de papel de distintas formas y tamaños, que ocultan por completo el interior del local. En todos hay palabras y frases escritas con distintos tipos de letra. Me acerco y leo algunas.
Todos los días doy gracias porque mi marido y su hermano se parezcan tanto. Eso significa que hay menos probabilidad de que mi marido descubra que nuestro hijo no es suyo.
Me llevo la mano al corazón. Pero ¿¡qué es esto!? Leo otro.
Hace cuatro meses que no hablo con mis hijos. Me llaman en vacaciones y en mi cumpleaños, nada más. No los culpo. Fui un padre horrible.
Leo otro.
Mentí en mi currículo. No tengo ningún título académico. En los cinco años que llevo trabajando para mi empresa, no me lo han pedido.
Me quedo boquiabierta y con los ojos como platos mientras leo todas las confesiones que alcanzo con la mirada. Sigo sin saber lo que es este local ni lo que pienso de todas estas cosas expuestas a cualquiera que pase, pero leerlas me da una sensación de normalidad. Si todo esto es cierto, a lo mejor mi vida no es tan mala como creo.
Después de un cuarto de hora más o menos, llego al segundo escaparate, una vez que he leído la mayoría de las confesiones situadas a la derecha de la puerta, que empieza a abrirse. Retrocedo un paso para evitar que me golpee y, al mismo tiempo, lucho contra el fuerte impulso de asomarme para echarle un vistazo al interior del local.
Veo un brazo y una mano que arranca el cartel de SE NECESITA AYUDANTE y luego oigo el sonido de un rotulador sobre el vinilo, mientras espero detrás de la puerta. En mi afán por ver quién es o qué es este lugar, hago ademán de asomarme al interior, cuando la mano vuelve a pegar el cartel.
Se necesita ¡ayudante!
Interesados, entrar y preguntar
¡¡NECESITO AYUDA URGENTEMENTE!!
¡¡GOLPEA LA MALDITA PUERTA!!
Me río cuando leo las modificaciones que le han hecho al cartel. A lo mejor es cosa del destino. Necesito un segundo trabajo urgentemente, y quienquiera que sea necesita ayuda con urgencia.
La puerta se abre más y, de repente, me encuentro bajo el escrutinio de los ojos de un hombre que puedo garantizar que tienen más tonos de verde que los que lleva en la camisa salpicada de pintura. Tiene una abundante mata de pelo negro, que se aparta de la frente con las dos manos, dejando su rostro más despejado. Al principio, abre los ojos de par en par, llenos de ansiedad, pero después de verme, suelta un suspiro. Es casi como si reconociera que estoy justo donde debería estar y se sintiera aliviado de que por fin esté aquí.
Me mira muy concentradamente durante varios segundos. Cambio el peso del cuerpo de un pie a otro y desvío la mirada. No porque me sienta incómoda, sino porque su forma de mirarme me resulta reconfortante por raro que parezca. Seguramente sea la primera vez que me siento bienvenida desde mi regreso a Texas.
—¿Has venido para salvarme? —me pregunta, consiguiendo que vuelva a mirarlo a los ojos. Sonríe y sujeta la puerta con el codo. Me mira de los pies a la cabeza, y no puedo evitar preguntarme qué estará pensando.
Miro de nuevo el cartel de SE NECESITA AYUDANTE y me planteo un millón de hipótesis sobre lo que podría pasar si respondo afirmativamente a su pregunta y lo sigo al interior del local.
El peor escenario que se me ocurre es uno que acaba con mi asesinato. Por desgracia, no logra disuadirme por completo cuando pienso en el mes que he tenido.
—¿Eres tú quien contrata? —le pregunto.
—Si eres tú quien lo solicita.
Su voz es amistosa. No estoy acostumbrada a que me traten con tanta amabilidad, y no sé qué hacer con ella.
—Tengo algunas preguntas antes de aceptar ayudarte —replico, orgullosa de mí misma por no ofrecerme de buenas a primeras a que me asesine.
Él quita el cartel de SE NECESITA AYUDANTE del escaparate. Lo arroja al interior del local y apoya la espalda en la puerta para abrirla completamente mientras me hace un gesto para que pase.
—No tenemos tiempo para preguntas, pero te prometo que no te torturaré, que no te violaré y que no te mataré si con eso te quedas más tranquila.
Su voz sigue siendo amistosa pese a lo que acaba de soltar. También lo es su sonrisa, que deja a la vista dos hileras de dientes casi perfectos, porque tiene el incisivo izquierdo un poco torcido. Sin embargo, ese defectillo en su sonrisa es, en realidad, mi parte preferida de él. Eso y su total indiferencia a mis preguntas. Odio las preguntas. A lo mejor no es un mal trabajo.
Suspiro y paso a su lado en dirección al interior.
—¿En qué me estoy metiendo? —murmuro.
—En algo de lo que no querrás salir —contesta.
La puerta se cierra a nuestra espalda, bloqueando toda la luz natural. Algo que no estaría mal si hubiera luces interiores encendidas, pero no las hay. Solo se aprecia un débil resplandor procedente de lo que parece un pasillo al otro lado de la estancia.
Tan pronto como mi corazón empieza a informarme con sus acelerados latidos de lo imbécil que soy por entrar en un local con un completo desconocido, las luces empiezan a zumbar y a parpadear hasta que cobran vida.
—Lo siento. —Su voz me llega desde muy cerca, así que me doy media vuelta justo cuando el primero de los fluorescentes alcanza su máxima potencia—. No suelo trabajar en esta parte del estudio, así que mantengo las luces apagadas para ahorrar energía.
Ahora que toda la zona está iluminada, recorro despacio la estancia con la mirada. Las paredes son de un blanco níveo, adornadas con varios cuadros. No puedo verlos bien, porque están colocados a varios metros de mí.
—¿Esto es una galería de arte?
Él se ríe, algo que me parece raro, así que me vuelvo para mirarlo.
Me está observando con los ojos entrecerrados y una expresión curiosa.
—Yo no llegaría al extremo de llamarlo «galería de arte». —Se da media vuelta, cierra la puerta y pasa a mi lado—. ¿Qué talla usas?
Atraviesa la amplia estancia en dirección al pasillo. Sigo sin saber por qué estoy aquí, pero que me pregunte por mi talla hace que me preocupe más de lo que estaba dos minutos antes. ¿Estará calculando el tamaño del ataúd? ¿El tamaño de las esposas?
Efectivamente, empiezo a preocuparme mucho.
—¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a mi talla de ropa?
Me mira, caminando de espaldas en dirección al pasillo.
—Sí, a tu talla de ropa. No puedes ponerte eso esta noche —dice, y señala mis blue jeans y mi camiseta. Me hace un gesto para que lo siga mientras se vuelve para subir una escalera que conduce a un espacio situado justo encima de donde estamos.
Aunque tenga debilidad por los incisivos torcidos, debería poner ciertos límites y no seguir a un desconocido a un lugar extraño.
—Espera —le digo al tiempo que me detengo al pie de la escalera. Él también se detiene y se da media vuelta—. ¿Puedes contarme por lo menos de qué va esto? Porque estoy empezando a dudar de mi ridícula decisión de depositar mi confianza en un completo desconocido.
Mira hacia atrás, hacia donde conduce la escalera, y luego vuelve a mirarme. Suelta un suspiro exasperado antes de bajar varios escalones, sentarse en uno y mirarme a los ojos. Apoya los codos en las rodillas, se inclina hacia delante y esboza una sonrisa serena.
—Me llamo Owen Gentry. Soy artista y este es mi estudio. Inauguro una exposición en menos de una hora, necesito a alguien que se encargue de todas las transacciones y mi novia me dejó la semana pasada.
Artista.
Exposición.
¿En menos de una hora?
¿Su novia? No pienso tocar ese tema.
Me pongo en pie, vuelvo a mirar el estudio y, luego, a él.
—¿Voy a recibir algún tipo de entrenamiento?
—¿Sabes utilizar una calculadora básica?
Pongo los ojos en blanco.
—Sí.
—Considérate entrenada. Solo te necesito dos horas como mucho y luego te daré tus doscientos dólares y podrás irte.
Dos horas.
Doscientos dólares.
Algo no cuadra.
—¿Dónde está el truco?
—No hay truco.
—¿Para qué necesitas ayuda si pagas cien dólares a la hora? Seguro que hay gato encerrado. Deberías tener una cola de gente interesada.
Owen se pasa la palma de la mano por la cara y mueve la mandíbula a un lado y a otro como si estuviera tratando de eliminar la tensión.
—A mi novia se le olvidó mencionar que también iba a dejar su trabajo el día que cortó conmigo. La llamé hace dos horas al ver que no aparecía para ayudarme con los preparativos. Es una especie de oportunidad de empleo de última hora. A lo mejor estabas en el lugar adecuado en el momento adecuado. —Se pone en pie y se da media vuelta.
Yo me quedo donde estoy, al pie de la escalera.
—¿Contrataste a tu novia como empleada? Eso nunca es buena idea.
—Convertí a mi empleada en mi novia. Que es todavía peor. —Se detiene en lo alto de la escalera y se vuelve para mirarme—. ¿Cómo te llamas?
—Auburn.
Me mira el pelo, algo comprensible. Todo el mundo supone que me pusieron Auburn por el color de mi pelo, pero como mucho soy rubia cobriza. Decir que soy pelirroja es una exageración.
—¿Y qué más?
—Mason Reed.
Owen echa la cabeza hacia atrás despacio para mirar al techo mientras suelta una bocanada de aire. Lo imito y miro al techo con él, pero allí arriba solo están los paneles blancos que conforman el techo. Levanta la mano derecha y se toca la frente, luego el pecho y, después, sigue tocándose primero un hombro y luego otro, hasta que acaba de santiguarse.
¿Se puede saber qué está haciendo? ¿Rezando?
Me mira de nuevo, en esta ocasión con una sonrisa.
—¿Es cierto que tu segundo nombre es Mason?
Asiento con la cabeza. Que yo sepa, Mason no es un nombre tan raro, así que no sé por qué se ha santiguado.
—Mi segundo nombre también es Mason —dice.
Lo miro en silencio, mientras asimilo sus palabras y la extraña coincidencia.
—¿Lo dices en serio?
Asiente con la cabeza y se saca la cartera del bolsillo trasero. Vuelve a bajar la escalera y me entrega su carnet de conducir. Lo miro y veo que su segundo nombre es Mason.
Aprieto los labios mientras le devuelvo el carnet de conducir.
«OMG».
Intento contener la risa, pero me cuesta, así que me tapo la boca con la esperanza de que no se dé cuenta.
Vuelve a meterse la cartera en el bolsillo. Levanta una ceja y me mira con recelo.
—¿Te has dado cuenta así de rápido?
A estas alturas, me tiemblan los hombros por la risa reprimida. Me siento fatal. Por él, claro.
Pone los ojos en blanco y parece un poco avergonzado porque también está intentando contener la risa. Sube de nuevo la escalera, pero con mucha menos confianza que antes.
—Por eso nunca le digo a nadie mi segundo nombre —murmura.
Me siento culpable por encontrarlo tan gracioso, pero su humildad me ayuda a encontrar el valor para subir el resto de la escalera.
—¿De verdad que tus iniciales son OMG? —Me muerdo el interior de un carrillo, conteniendo la sonrisa que no quiero que vea. Llego al final de la escalera, y él no me hace ni caso mientras se acerca a una cómoda.
Lo veo abrir un cajón antes de empezar a rebuscar algo, así que aprovecho para echarle un vistazo a la enorme estancia. Hay una cama extragrande en el rincón más alejado. En el rincón opuesto, veo una cocina completa, flanqueada por dos puertas que dan a otras habitaciones.
Esta es su casa.
Se da media vuelta y me lanza algo negro. Lo agarro y, al desdoblarlo, descubro que es una falda.
—Debería quedarte bien. La traidora y tú parecéis de la misma talla. —Se acerca al armario y saca una camisa blanca de una percha—. A ver si esto te sirve. Los zapatos que llevas están bien.
Le quito la camisa y miro hacia las dos puertas.
—¿El baño?
Señala la puerta de la izquierda.
—¿Y si no me quedan bien? —pregunto, preocupada por no poder ayudarlo si no voy vestida de forma profesional. Doscientos dólares no son fáciles de conseguir.
—Si no te quedan bien, quemamos las dos cosas, junto con todo lo que dejó.
Me río y echo a andar hacia el cuarto de baño. Una vez dentro, no le presto atención a la estancia en sí y empiezo a ponerme la ropa que me ha dado. Por suerte, me queda perfecta. Me miro en el espejo de cuerpo entero y me avergüenzo porque tengo el pelo hecho un desastre. Debería darme vergüenza llamarme cosmetóloga. No me lo he tocado desde que salí del apartamento esta mañana, así que me hago un arreglo rápido y uso uno de los peines de Owen para hacerme un moño. Doblo la ropa que acabo de quitarme y la dejo en la encimera.
Cuando salgo del baño, Owen está en la cocina sirviendo dos copas de vino. Me pregunto si debería decirle que todavía me faltan unas semanas para poder beber legalmente, pero los nervios me piden a gritos una copa de vino.
—Me quedan bien —digo mientras me le acerco.
Levanta la mirada y sus ojos se clavan en la camisa durante mucho más tiempo del que se tarda en comprobar si una camisa queda bien o no. Carraspea y vuelve a mirar el vino que está sirviendo.
—Te quedan mejor que a ella —replica.
Me siento en un taburete mientras lucho por ocultar la sonrisa. Hace tiempo que no recibía un cumplido y había olvidado lo bien que sientan.
—No lo dices en serio. Solo estás amargado porque te ha dejado.
Me acerca una copa, deslizándola por la encimera.
—No estoy amargado, estoy aliviado. Y lo digo en serio, te lo aseguro. —Levanta su copa de vino y yo levanto la mía—. Por las exnovias y las nuevas empleadas.
Me río mientras chocamos las copas.
—Mejor que por las exempleadas y las nuevas novias.
Se detiene con la copa en los labios y me mira mientras yo bebo de la mía. Cuando termino, sonríe y por fin bebe un sorbo.
En cuanto dejo la copa sobre la encimera, algo blando me roza la pierna. Mi primera reacción es gritar, que es justo lo que hago. O, a lo mejor, lo que sale de mi boca es más bien un alarido. En cualquier caso, levanto las dos piernas y miro hacia abajo para ver a un gato negro de pelo largo que roza el taburete en el que estoy sentada. Vuelvo a bajar de inmediato las piernas al suelo y me agacho para levantarlo. No sé por qué, pero saber que este hombre tiene un gato alivia parte de la incomodidad que siento. Alguien que tiene mascota no puede ser peligroso. Sé que no es la mejor manera de justificar mi presencia en la casa de un desconocido, pero me ayuda a sentirme mejor.
—¿Cómo se llama tu gato?
Owen se acerca y lo acaricia.
—Owen.
Me río al instante de su chiste, pero su expresión permanece serena. Hago una pausa de unos segundos, esperando que se ría, pero no lo hace.
—¿Le has puesto tu nombre a tu gato? ¿En serio?
Me mira, y veo el asomo de una sonrisa en la comisura de sus labios. Se encoge de hombros, casi con timidez.
—Nada más verla me recordó a mí mismo.
Me vuelvo a reír.
—¿Es una hembra? ¿Has llamado Owen a una gata?
Baja la mirada hacia Owen la Gata y sigue acariciándola mientras yo la abrazo.
—Shhh —dice en voz baja—. Puede entenderte. No la acomplejes.
Como si tuviera razón y pudiera oír que me he burlado de su nombre, Owen la Gata salta de mis brazos al suelo. En cuanto desaparece detrás de la encimera, me obligo a borrar la sonrisa de mi cara. Me encanta que le haya puesto su nombre a una gata. ¿Quién hace eso?
Apoyo el brazo en la encimera y coloco la barbilla en la mano.
—Bueno, ¿qué necesitas que haga esta noche, OMG?
Owen menea la cabeza y lleva la botella de vino al refrigerador.
—Puedes empezar por no volver a llamarme por mis iniciales. Después de que aceptes, te contaré lo que está a punto de pasar.
Debería sentirme mal, pero creo que le parece gracioso.
—Trato hecho.
—En primer lugar —dice al tiempo que se inclina sobre la encimera—, ¿cuántos años tienes?
—No tengo edad para beber vino. —Bebo otro sorbo.
—¡Uf! —exclama con sequedad—. ¿A qué te dedicas? ¿Estás en la universidad? —Apoya la barbilla en la mano y espera mi respuesta a sus preguntas.
—¿De qué manera van a prepararme estas preguntas para el trabajo de esta noche?
Owen sonríe. Su sonrisa es muy agradable cuando va acompañada por unos sorbos de vino. Asiente una vez con la cabeza y se endereza. Me quita la copa de la mano y la deja en la encimera.
—Sígueme, Auburn Mason Reed.
Lo obedezco, porque por cien dólares la hora, hago casi cualquier cosa.
Casi.
Cuando llegamos de nuevo a la planta baja, camina hacia el centro de la estancia y levanta los brazos mientras gira sobre sí mismo, trazando un círculo completo. Sigo su mirada alrededor y me fijo en lo espacioso que es el estudio. Lo primero que me llama la atención es la iluminación. Cada lámpara ilumina un cuadro concreto de los que adornan las paredes blancas, centrando la atención en el arte y en nada más. Bueno, en realidad no hay nada más. Solo paredes blancas de arriba abajo, un suelo de hormigón pulido y arte. Es tan sencillo como abrumador.
—Este es mi estudio. —Hace una pausa y señala un cuadro—. Ese es el arte. —Señala un mostrador al otro lado de la estancia—. Ahí es donde estarás la mayor parte del tiempo. Yo me encargo de la sala y tú cobras las ventas. Eso es todo. —Lo explica con despreocupación, como si cualquiera fuese perfectamente capaz de crear algo de esta magnitud. Pone los brazos en jarras mientras yo lo asimilo todo.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto.
Entrecierra los ojos e inclina un poco la cabeza antes de mirar hacia otro lado.
—Veintiuno. —Lo dice como si su edad lo avergonzase. Es casi como si no le gustara ser tan joven y haber encontrado ya el éxito en su carrera profesional.
Pensaba que era mucho mayor. Sus ojos no parecen los de un chico de veintiún años. Son oscuros y profundos, y siento el repentino impulso de sumergirme en sus profundidades para ver todo lo que él ha visto.
Aparto la mirada y me fijo en el arte. Echo a andar hacia el cuadro que tengo más cerca, cada vez más consciente del talento que hay detrás del pincel. Cuando llego, contengo el aliento.
Descripción 1
En cierto modo, es triste, impresionante y hermoso a la vez. El cuadro representa a una mujer que parece proyectar tanto el amor como la vergüenza y todas las emociones intermedias.
—¿Qué usas además de pintura acrílica? —le pregunto al tiempo que doy un paso hacia el cuadro. Acaricio el lienzo con un dedo y oigo sus pasos, que se acercan. Se detiene a mi lado, pero no puedo apartar los ojos del cuadro el tiempo suficiente como para mirarlo.
—Uso distintos medios, desde la pintura acrílica hasta el espray. Depende de la pieza.
Clavo los ojos en el trozo de papel pegado a la pared que hay junto al cuadro. Leo las palabras que aparecen en él.
A veces me pregunto si estar muerta sería más fácil que ser su madre.
Toco el papel y miro de nuevo el cuadro.
—¿Una confesión? —Cuando me vuelvo para mirarlo, descubro que su sonrisa juguetona ha desaparecido. Tiene los brazos cruzados delante del pecho; y la barbilla, inclinada. Me mira como si estuviera nervioso por mi reacción.
—Sí —contesta sin más.
Miro hacia el escaparate y veo todos los trozos de papel que cubren el cristal. Recorro con la mirada todos los cuadros del estudio y veo tiras de papel pegadas a las paredes junto a cada uno de ellos.
—Todas son confesiones —digo, asombrada—. ¿Son de personas reales? ¿De gente que conoces?
Niega con la cabeza y echa a andar hacia la puerta.
—Todas son anónimas. La gente deja sus confesiones en esa ranura, y uso algunas de inspiración para pintar.
Me acerco al siguiente cuadro y leo la confesión antes incluso de mirar la pieza interpretada.
Nunca he dejado que me vean sin maquillaje. Mi mayor temor es el aspecto que tendré en mi funeral. Estoy casi segura de que me incinerarán, porque mis inseguridades son tan profundas que me seguirán al más allá. Gracias por eso, madre.
Miro de inmediato al cuadro.
Descripción 2
—Es increíble —susurro, dándome media vuelta para ver el resto de las creaciones. Me acerco a la pared de las confesiones y encuentro una, escrita en tinta roja y resaltada.
Tengo miedo de ser incapaz de dejar de comparar mi vida sin él con mi vida con él.
No sé si me fascinan más las confesiones, el arte o el descubrimiento de que me identifico con todo lo que hay aquí. Soy una persona muy cerrada. Rara vez comparto mis verdaderos pensamientos con alguien, sin importar lo beneficioso que pueda ser para mí. Ver todos estos secretos, y saber que es muy probable que estas personas nunca los hayan compartido con nadie y que nunca los compartirán, me lleva a sentir una conexión con ellas. Me provoca una sensación de pertenencia.
En cierto modo, el estudio y las confesiones me recuerdan a Adam.
«Cuéntame algo sobre ti que nadie sepa. Algo que pueda guardarme para mí».
Odio mi costumbre de relacionar a Adam con todo lo que veo y hago, y me pregunto si algún día desaparecerá, y cuándo lo hará. Han pasado cinco años desde la última vez que lo vi. Cinco años desde que murió. Cinco años, y me pregunto si, al igual que la confesión que tengo delante, estaré siempre comparando mi vida con él con mi vida sin él.
Y me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme decepcionada.
CAPÍTULO UNO Auburn
Me muevo en la silla en cuanto él me dice sus honorarios por hora. Es imposible que pueda permitírmelo con mis ingresos.
—¿Ofrece algún tipo de facilidad de pago? —le pregunto.
Las arrugas que le rodean la boca se hacen más prominentes en su intento por no fruncir el ceño. Cruza los brazos sobre la mesa de caoba y junta las manos, presionando las yemas de los pulgares una contra la otra.
—Auburn, lo que me pides que haga va a costar dinero.
¡No me digas!
Se echa hacia atrás en la silla, se lleva las manos al pecho y las apoya en el abdomen.
—Los abogados son como las bodas. Obtienes lo que pagas.
No le digo que es una analogía horrible. En cambio, miro la tarjeta de visita que tengo en la mano. Me lo han recomendado porque es bueno y sabía que iba a ser caro, pero no imaginaba hasta qué punto. Necesitaré un segundo trabajo. Puede que incluso un tercero. En realidad, voy a tener que robar un dichoso banco.
—¿Y no hay garantía de que el juez falle a mi favor?
—La única promesa que puedo hacerte es que haré todo lo posible para que el juez falle a tu favor. Según la documentación que se presentó en Portland, te has colocado en una situación difícil. Esto llevará tiempo.
—Tengo de sobra —murmuro—. Volveré en cuanto cobre mi primera nómina.
Me hace concertar una cita con su secretaria y me despacha para que vuelva a salir al calor de Texas.
Llevo tres semanas viviendo aquí y, de momento, todas mis expectativas se han cumplido: es un lugar caluroso, húmedo y solitario.
Crecí en Portland, Oregón, y supuse que pasaría allí el resto de mi vida. Vine a Texas una vez, cuando tenía quince años, y aunque no fue agradable, no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. No como ahora, que haría cualquier cosa por regresar a mi ciudad natal.
Me cubro los ojos con las gafas de sol y echo a andar hacia mi apartamento. Vivir en el centro de Dallas no se parece en nada a vivir en el centro de Portland. Por lo menos allí tenía acceso a casi todo lo que la ciudad podía ofrecer con un simple paseo. Dallas es enorme y se expande, y ¿he mencionado el calor? Hace mucho calor. Y tuve que vender el carro para poder permitirme la mudanza, así que me veo obligada a elegir entre el transporte público y mis pies, teniendo en cuenta que estoy ahorrando para poder pagarle al abogado con el que acabo de reunirme.
No me puedo creer que haya llegado a esto. Ni siquiera he conseguido una clientela en la peluquería donde trabajo, así que definitivamente tendré que buscarme un segundo empleo. No sé de dónde voy a encontrar tiempo para hacerlo, por culpa de los erráticos horarios de Lydia.
Y hablando del rey de Roma…
Marco su número y espero a que conteste. Al oír que sale el buzón de voz, me debato entre dejarle un mensaje o llamarla más tarde. Estoy segura de que borra los mensajes, así que corto la llamada y meto el teléfono en el bolso. Noto que me sube el rubor por el cuello y las mejillas, y que me arden los ojos. Es la decimotercera vez que camino de vuelta a casa en mi nuevo estado, en una ciudad habitada solo por desconocidos, pero estoy decidida a que sea la primera vez que no llego llorando. Mis vecinos seguramente me creen una psicótica.
Es que la caminata del trabajo a casa es muy larga, y los paseos largos hacen que contemple mi vida, y mi vida me hace llorar.
Hago una pausa y me miro en el escaparate de un local para comprobar si se me ha corrido el rímel. Observo mi reflejo y no me gusta lo que veo.
Una chica que odia las decisiones que ha tomado en su vida.
Una chica que odia su carrera profesional.
Una chica que echa de menos Portland.
Una chica que necesita desesperadamente un segundo empleo, y una chica que está leyendo un cartel de SE NECESITA AYUDANTE en el escaparate.
Se necesita ayudante.
Tocar para solicitar empleo.
Doy un paso atrás y evalúo el edificio que tengo delante. He pasado por aquí todos los días de camino al trabajo y nunca me había fijado en él. Seguramente porque por las mañanas voy hablando por teléfono y por las tardes vuelvo con demasiadas lágrimas en los ojos como para fijarme en lo que me rodea.
CONFESIONES
Es lo único que dice el cartel. El nombre me hace pensar que podría ser una iglesia, pero la idea se desvanece rápidamente cuando miro de cerca los demás escaparates. Están cubiertos de papel de distintas formas y tamaños, que ocultan por completo el interior del local. En todos hay palabras y frases escritas con distintos tipos de letra. Me acerco y leo algunas.
Todos los días doy gracias porque mi marido y su hermano se parezcan tanto. Eso significa que hay menos probabilidad de que mi marido descubra que nuestro hijo no es suyo.
Me llevo la mano al corazón. Pero ¿¡qué es esto!? Leo otro.
Hace cuatro meses que no hablo con mis hijos. Me llaman en vacaciones y en mi cumpleaños, nada más. No los culpo. Fui un padre horrible.
Leo otro.
Mentí en mi currículo. No tengo ningún título académico. En los cinco años que llevo trabajando para mi empresa, no me lo han pedido.
Me quedo boquiabierta y con los ojos como platos mientras leo todas las confesiones que alcanzo con la mirada. Sigo sin saber lo que es este local ni lo que pienso de todas estas cosas expuestas a cualquiera que pase, pero leerlas me da una sensación de normalidad. Si todo esto es cierto, a lo mejor mi vida no es tan mala como creo.
Después de un cuarto de hora más o menos, llego al segundo escaparate, una vez que he leído la mayoría de las confesiones situadas a la derecha de la puerta, que empieza a abrirse. Retrocedo un paso para evitar que me golpee y, al mismo tiempo, lucho contra el fuerte impulso de asomarme para echarle un vistazo al interior del local.
Veo un brazo y una mano que arranca el cartel de SE NECESITA AYUDANTE y luego oigo el sonido de un rotulador sobre el vinilo, mientras espero detrás de la puerta. En mi afán por ver quién es o qué es este lugar, hago ademán de asomarme al interior, cuando la mano vuelve a pegar el cartel.
Se necesita ¡ayudante!
Interesados, entrar y preguntar
¡¡NECESITO AYUDA URGENTEMENTE!!
¡¡GOLPEA LA MALDITA PUERTA!!
Me río cuando leo las modificaciones que le han hecho al cartel. A lo mejor es cosa del destino. Necesito un segundo trabajo urgentemente, y quienquiera que sea necesita ayuda con urgencia.
La puerta se abre más y, de repente, me encuentro bajo el escrutinio de los ojos de un hombre que puedo garantizar que tienen más tonos de verde que los que lleva en la camisa salpicada de pintura. Tiene una abundante mata de pelo negro, que se aparta de la frente con las dos manos, dejando su rostro más despejado. Al principio, abre los ojos de par en par, llenos de ansiedad, pero después de verme, suelta un suspiro. Es casi como si reconociera que estoy justo donde debería estar y se sintiera aliviado de que por fin esté aquí.
Me mira muy concentradamente durante varios segundos. Cambio el peso del cuerpo de un pie a otro y desvío la mirada. No porque me sienta incómoda, sino porque su forma de mirarme me resulta reconfortante por raro que parezca. Seguramente sea la primera vez que me siento bienvenida desde mi regreso a Texas.
—¿Has venido para salvarme? —me pregunta, consiguiendo que vuelva a mirarlo a los ojos. Sonríe y sujeta la puerta con el codo. Me mira de los pies a la cabeza, y no puedo evitar preguntarme qué estará pensando.
Miro de nuevo el cartel de SE NECESITA AYUDANTE y me planteo un millón de hipótesis sobre lo que podría pasar si respondo afirmativamente a su pregunta y lo sigo al interior del local.
El peor escenario que se me ocurre es uno que acaba con mi asesinato. Por desgracia, no logra disuadirme por completo cuando pienso en el mes que he tenido.
—¿Eres tú quien contrata? —le pregunto.
—Si eres tú quien lo solicita.
Su voz es amistosa. No estoy acostumbrada a que me traten con tanta amabilidad, y no sé qué hacer con ella.
—Tengo algunas preguntas antes de aceptar ayudarte —replico, orgullosa de mí misma por no ofrecerme de buenas a primeras a que me asesine.
Él quita el cartel de SE NECESITA AYUDANTE del escaparate. Lo arroja al interior del local y apoya la espalda en la puerta para abrirla completamente mientras me hace un gesto para que pase.
—No tenemos tiempo para preguntas, pero te prometo que no te torturaré, que no te violaré y que no te mataré si con eso te quedas más tranquila.
Su voz sigue siendo amistosa pese a lo que acaba de soltar. También lo es su sonrisa, que deja a la vista dos hileras de dientes casi perfectos, porque tiene el incisivo izquierdo un poco torcido. Sin embargo, ese defectillo en su sonrisa es, en realidad, mi parte preferida de él. Eso y su total indiferencia a mis preguntas. Odio las preguntas. A lo mejor no es un mal trabajo.
Suspiro y paso a su lado en dirección al interior.
—¿En qué me estoy metiendo? —murmuro.
—En algo de lo que no querrás salir —contesta.
La puerta se cierra a nuestra espalda, bloqueando toda la luz natural. Algo que no estaría mal si hubiera luces interiores encendidas, pero no las hay. Solo se aprecia un débil resplandor procedente de lo que parece un pasillo al otro lado de la estancia.
Tan pronto como mi corazón empieza a informarme con sus acelerados latidos de lo imbécil que soy por entrar en un local con un completo desconocido, las luces empiezan a zumbar y a parpadear hasta que cobran vida.
—Lo siento. —Su voz me llega desde muy cerca, así que me doy media vuelta justo cuando el primero de los fluorescentes alcanza su máxima potencia—. No suelo trabajar en esta parte del estudio, así que mantengo las luces apagadas para ahorrar energía.
Ahora que toda la zona está iluminada, recorro despacio la estancia con la mirada. Las paredes son de un blanco níveo, adornadas con varios cuadros. No puedo verlos bien, porque están colocados a varios metros de mí.
—¿Esto es una galería de arte?
Él se ríe, algo que me parece raro, así que me vuelvo para mirarlo.
Me está observando con los ojos entrecerrados y una expresión curiosa.
—Yo no llegaría al extremo de llamarlo «galería de arte». —Se da media vuelta, cierra la puerta y pasa a mi lado—. ¿Qué talla usas?
Atraviesa la amplia estancia en dirección al pasillo. Sigo sin saber por qué estoy aquí, pero que me pregunte por mi talla hace que me preocupe más de lo que estaba dos minutos antes. ¿Estará calculando el tamaño del ataúd? ¿El tamaño de las esposas?
Efectivamente, empiezo a preocuparme mucho.
—¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a mi talla de ropa?
Me mira, caminando de espaldas en dirección al pasillo.
—Sí, a tu talla de ropa. No puedes ponerte eso esta noche —dice, y señala mis blue jeans y mi camiseta. Me hace un gesto para que lo siga mientras se vuelve para subir una escalera que conduce a un espacio situado justo encima de donde estamos.
Aunque tenga debilidad por los incisivos torcidos, debería poner ciertos límites y no seguir a un desconocido a un lugar extraño.
—Espera —le digo al tiempo que me detengo al pie de la escalera. Él también se detiene y se da media vuelta—. ¿Puedes contarme por lo menos de qué va esto? Porque estoy empezando a dudar de mi ridícula decisión de depositar mi confianza en un completo desconocido.
Mira hacia atrás, hacia donde conduce la escalera, y luego vuelve a mirarme. Suelta un suspiro exasperado antes de bajar varios escalones, sentarse en uno y mirarme a los ojos. Apoya los codos en las rodillas, se inclina hacia delante y esboza una sonrisa serena.
—Me llamo Owen Gentry. Soy artista y este es mi estudio. Inauguro una exposición en menos de una hora, necesito a alguien que se encargue de todas las transacciones y mi novia me dejó la semana pasada.
Artista.
Exposición.
¿En menos de una hora?
¿Su novia? No pienso tocar ese tema.
Me pongo en pie, vuelvo a mirar el estudio y, luego, a él.
—¿Voy a recibir algún tipo de entrenamiento?
—¿Sabes utilizar una calculadora básica?
Pongo los ojos en blanco.
—Sí.
—Considérate entrenada. Solo te necesito dos horas como mucho y luego te daré tus doscientos dólares y podrás irte.
Dos horas.
Doscientos dólares.
Algo no cuadra.
—¿Dónde está el truco?
—No hay truco.
—¿Para qué necesitas ayuda si pagas cien dólares a la hora? Seguro que hay gato encerrado. Deberías tener una cola de gente interesada.
Owen se pasa la palma de la mano por la cara y mueve la mandíbula a un lado y a otro como si estuviera tratando de eliminar la tensión.
—A mi novia se le olvidó mencionar que también iba a dejar su trabajo el día que cortó conmigo. La llamé hace dos horas al ver que no aparecía para ayudarme con los preparativos. Es una especie de oportunidad de empleo de última hora. A lo mejor estabas en el lugar adecuado en el momento adecuado. —Se pone en pie y se da media vuelta.
Yo me quedo donde estoy, al pie de la escalera.
—¿Contrataste a tu novia como empleada? Eso nunca es buena idea.
—Convertí a mi empleada en mi novia. Que es todavía peor. —Se detiene en lo alto de la escalera y se vuelve para mirarme—. ¿Cómo te llamas?
—Auburn.
Me mira el pelo, algo comprensible. Todo el mundo supone que me pusieron Auburn por el color de mi pelo, pero como mucho soy rubia cobriza. Decir que soy pelirroja es una exageración.
—¿Y qué más?
—Mason Reed.
Owen echa la cabeza hacia atrás despacio para mirar al techo mientras suelta una bocanada de aire. Lo imito y miro al techo con él, pero allí arriba solo están los paneles blancos que conforman el techo. Levanta la mano derecha y se toca la frente, luego el pecho y, después, sigue tocándose primero un hombro y luego otro, hasta que acaba de santiguarse.
¿Se puede saber qué está haciendo? ¿Rezando?
Me mira de nuevo, en esta ocasión con una sonrisa.
—¿Es cierto que tu segundo nombre es Mason?
Asiento con la cabeza. Que yo sepa, Mason no es un nombre tan raro, así que no sé por qué se ha santiguado.
—Mi segundo nombre también es Mason —dice.
Lo miro en silencio, mientras asimilo sus palabras y la extraña coincidencia.
—¿Lo dices en serio?
Asiente con la cabeza y se saca la cartera del bolsillo trasero. Vuelve a bajar la escalera y me entrega su carnet de conducir. Lo miro y veo que su segundo nombre es Mason.
Aprieto los labios mientras le devuelvo el carnet de conducir.
«OMG».
Intento contener la risa, pero me cuesta, así que me tapo la boca con la esperanza de que no se dé cuenta.
Vuelve a meterse la cartera en el bolsillo. Levanta una ceja y me mira con recelo.
—¿Te has dado cuenta así de rápido?
A estas alturas, me tiemblan los hombros por la risa reprimida. Me siento fatal. Por él, claro.
Pone los ojos en blanco y parece un poco avergonzado porque también está intentando contener la risa. Sube de nuevo la escalera, pero con mucha menos confianza que antes.
—Por eso nunca le digo a nadie mi segundo nombre —murmura.
Me siento culpable por encontrarlo tan gracioso, pero su humildad me ayuda a encontrar el valor para subir el resto de la escalera.
—¿De verdad que tus iniciales son OMG? —Me muerdo el interior de un carrillo, conteniendo la sonrisa que no quiero que vea. Llego al final de la escalera, y él no me hace ni caso mientras se acerca a una cómoda.
Lo veo abrir un cajón antes de empezar a rebuscar algo, así que aprovecho para echarle un vistazo a la enorme estancia. Hay una cama extragrande en el rincón más alejado. En el rincón opuesto, veo una cocina completa, flanqueada por dos puertas que dan a otras habitaciones.
Esta es su casa.
Se da media vuelta y me lanza algo negro. Lo agarro y, al desdoblarlo, descubro que es una falda.
—Debería quedarte bien. La traidora y tú parecéis de la misma talla. —Se acerca al armario y saca una camisa blanca de una percha—. A ver si esto te sirve. Los zapatos que llevas están bien.
Le quito la camisa y miro hacia las dos puertas.
—¿El baño?
Señala la puerta de la izquierda.
—¿Y si no me quedan bien? —pregunto, preocupada por no poder ayudarlo si no voy vestida de forma profesional. Doscientos dólares no son fáciles de conseguir.
—Si no te quedan bien, quemamos las dos cosas, junto con todo lo que dejó.
Me río y echo a andar hacia el cuarto de baño. Una vez dentro, no le presto atención a la estancia en sí y empiezo a ponerme la ropa que me ha dado. Por suerte, me queda perfecta. Me miro en el espejo de cuerpo entero y me avergüenzo porque tengo el pelo hecho un desastre. Debería darme vergüenza llamarme cosmetóloga. No me lo he tocado desde que salí del apartamento esta mañana, así que me hago un arreglo rápido y uso uno de los peines de Owen para hacerme un moño. Doblo la ropa que acabo de quitarme y la dejo en la encimera.
Cuando salgo del baño, Owen está en la cocina sirviendo dos copas de vino. Me pregunto si debería decirle que todavía me faltan unas semanas para poder beber legalmente, pero los nervios me piden a gritos una copa de vino.
—Me quedan bien —digo mientras me le acerco.
Levanta la mirada y sus ojos se clavan en la camisa durante mucho más tiempo del que se tarda en comprobar si una camisa queda bien o no. Carraspea y vuelve a mirar el vino que está sirviendo.
—Te quedan mejor que a ella —replica.
Me siento en un taburete mientras lucho por ocultar la sonrisa. Hace tiempo que no recibía un cumplido y había olvidado lo bien que sientan.
—No lo dices en serio. Solo estás amargado porque te ha dejado.
Me acerca una copa, deslizándola por la encimera.
—No estoy amargado, estoy aliviado. Y lo digo en serio, te lo aseguro. —Levanta su copa de vino y yo levanto la mía—. Por las exnovias y las nuevas empleadas.
Me río mientras chocamos las copas.
—Mejor que por las exempleadas y las nuevas novias.
Se detiene con la copa en los labios y me mira mientras yo bebo de la mía. Cuando termino, sonríe y por fin bebe un sorbo.
En cuanto dejo la copa sobre la encimera, algo blando me roza la pierna. Mi primera reacción es gritar, que es justo lo que hago. O, a lo mejor, lo que sale de mi boca es más bien un alarido. En cualquier caso, levanto las dos piernas y miro hacia abajo para ver a un gato negro de pelo largo que roza el taburete en el que estoy sentada. Vuelvo a bajar de inmediato las piernas al suelo y me agacho para levantarlo. No sé por qué, pero saber que este hombre tiene un gato alivia parte de la incomodidad que siento. Alguien que tiene mascota no puede ser peligroso. Sé que no es la mejor manera de justificar mi presencia en la casa de un desconocido, pero me ayuda a sentirme mejor.
—¿Cómo se llama tu gato?
Owen se acerca y lo acaricia.
—Owen.
Me río al instante de su chiste, pero su expresión permanece serena. Hago una pausa de unos segundos, esperando que se ría, pero no lo hace.
—¿Le has puesto tu nombre a tu gato? ¿En serio?
Me mira, y veo el asomo de una sonrisa en la comisura de sus labios. Se encoge de hombros, casi con timidez.
—Nada más verla me recordó a mí mismo.
Me vuelvo a reír.
—¿Es una hembra? ¿Has llamado Owen a una gata?
Baja la mirada hacia Owen la Gata y sigue acariciándola mientras yo la abrazo.
—Shhh —dice en voz baja—. Puede entenderte. No la acomplejes.
Como si tuviera razón y pudiera oír que me he burlado de su nombre, Owen la Gata salta de mis brazos al suelo. En cuanto desaparece detrás de la encimera, me obligo a borrar la sonrisa de mi cara. Me encanta que le haya puesto su nombre a una gata. ¿Quién hace eso?
Apoyo el brazo en la encimera y coloco la barbilla en la mano.
—Bueno, ¿qué necesitas que haga esta noche, OMG?
Owen menea la cabeza y lleva la botella de vino al refrigerador.
—Puedes empezar por no volver a llamarme por mis iniciales. Después de que aceptes, te contaré lo que está a punto de pasar.
Debería sentirme mal, pero creo que le parece gracioso.
—Trato hecho.
—En primer lugar —dice al tiempo que se inclina sobre la encimera—, ¿cuántos años tienes?
—No tengo edad para beber vino. —Bebo otro sorbo.
—¡Uf! —exclama con sequedad—. ¿A qué te dedicas? ¿Estás en la universidad? —Apoya la barbilla en la mano y espera mi respuesta a sus preguntas.
—¿De qué manera van a prepararme estas preguntas para el trabajo de esta noche?
Owen sonríe. Su sonrisa es muy agradable cuando va acompañada por unos sorbos de vino. Asiente una vez con la cabeza y se endereza. Me quita la copa de la mano y la deja en la encimera.
—Sígueme, Auburn Mason Reed.
Lo obedezco, porque por cien dólares la hora, hago casi cualquier cosa.
Casi.
Cuando llegamos de nuevo a la planta baja, camina hacia el centro de la estancia y levanta los brazos mientras gira sobre sí mismo, trazando un círculo completo. Sigo su mirada alrededor y me fijo en lo espacioso que es el estudio. Lo primero que me llama la atención es la iluminación. Cada lámpara ilumina un cuadro concreto de los que adornan las paredes blancas, centrando la atención en el arte y en nada más. Bueno, en realidad no hay nada más. Solo paredes blancas de arriba abajo, un suelo de hormigón pulido y arte. Es tan sencillo como abrumador.
—Este es mi estudio. —Hace una pausa y señala un cuadro—. Ese es el arte. —Señala un mostrador al otro lado de la estancia—. Ahí es donde estarás la mayor parte del tiempo. Yo me encargo de la sala y tú cobras las ventas. Eso es todo. —Lo explica con despreocupación, como si cualquiera fuese perfectamente capaz de crear algo de esta magnitud. Pone los brazos en jarras mientras yo lo asimilo todo.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto.
Entrecierra los ojos e inclina un poco la cabeza antes de mirar hacia otro lado.
—Veintiuno. —Lo dice como si su edad lo avergonzase. Es casi como si no le gustara ser tan joven y haber encontrado ya el éxito en su carrera profesional.
Pensaba que era mucho mayor. Sus ojos no parecen los de un chico de veintiún años. Son oscuros y profundos, y siento el repentino impulso de sumergirme en sus profundidades para ver todo lo que él ha visto.
Aparto la mirada y me fijo en el arte. Echo a andar hacia el cuadro que tengo más cerca, cada vez más consciente del talento que hay detrás del pincel. Cuando llego, contengo el aliento.
Descripción 1
En cierto modo, es triste, impresionante y hermoso a la vez. El cuadro representa a una mujer que parece proyectar tanto el amor como la vergüenza y todas las emociones intermedias.
—¿Qué usas además de pintura acrílica? —le pregunto al tiempo que doy un paso hacia el cuadro. Acaricio el lienzo con un dedo y oigo sus pasos, que se acercan. Se detiene a mi lado, pero no puedo apartar los ojos del cuadro el tiempo suficiente como para mirarlo.
—Uso distintos medios, desde la pintura acrílica hasta el espray. Depende de la pieza.
Clavo los ojos en el trozo de papel pegado a la pared que hay junto al cuadro. Leo las palabras que aparecen en él.
A veces me pregunto si estar muerta sería más fácil que ser su madre.
Toco el papel y miro de nuevo el cuadro.
—¿Una confesión? —Cuando me vuelvo para mirarlo, descubro que su sonrisa juguetona ha desaparecido. Tiene los brazos cruzados delante del pecho; y la barbilla, inclinada. Me mira como si estuviera nervioso por mi reacción.
—Sí —contesta sin más.
Miro hacia el escaparate y veo todos los trozos de papel que cubren el cristal. Recorro con la mirada todos los cuadros del estudio y veo tiras de papel pegadas a las paredes junto a cada uno de ellos.
—Todas son confesiones —digo, asombrada—. ¿Son de personas reales? ¿De gente que conoces?
Niega con la cabeza y echa a andar hacia la puerta.
—Todas son anónimas. La gente deja sus confesiones en esa ranura, y uso algunas de inspiración para pintar.
Me acerco al siguiente cuadro y leo la confesión antes incluso de mirar la pieza interpretada.
Nunca he dejado que me vean sin maquillaje. Mi mayor temor es el aspecto que tendré en mi funeral. Estoy casi segura de que me incinerarán, porque mis inseguridades son tan profundas que me seguirán al más allá. Gracias por eso, madre.
Miro de inmediato al cuadro.
Descripción 2
—Es increíble —susurro, dándome media vuelta para ver el resto de las creaciones. Me acerco a la pared de las confesiones y encuentro una, escrita en tinta roja y resaltada.
Tengo miedo de ser incapaz de dejar de comparar mi vida sin él con mi vida con él.
No sé si me fascinan más las confesiones, el arte o el descubrimiento de que me identifico con todo lo que hay aquí. Soy una persona muy cerrada. Rara vez comparto mis verdaderos pensamientos con alguien, sin importar lo beneficioso que pueda ser para mí. Ver todos estos secretos, y saber que es muy probable que estas personas nunca los hayan compartido con nadie y que nunca los compartirán, me lleva a sentir una conexión con ellas. Me provoca una sensación de pertenencia.
En cierto modo, el estudio y las confesiones me recuerdan a Adam.
«Cuéntame algo sobre ti que nadie sepa. Algo que pueda guardarme para mí».
Odio mi costumbre de relacionar a Adam con todo lo que veo y hago, y me pregunto si algún día desaparecerá, y cuándo lo hará. Han pasado cinco años desde la última vez que lo vi. Cinco años desde que murió. Cinco años, y me pregunto si, al igual que la confesión que tengo delante, estaré siempre comparando mi vida con él con mi vida sin él.
Y me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme decepcionada.
Product Details
- Publisher: Atria/Primero Sueno Press (November 18, 2025)
- Length: 336 pages
- ISBN13: 9781668223918
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Trade Paperback 9781668223918
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