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Detoxify, Spanish-language edition of Detoxify
Cómo eliminar las toxinas diarias que dañan tu sistema inmunológico
By Aly Cohen
Table of Contents
About The Book
Escrito por la reumatóloga Aly Cohen, esta obra accesible y transformadora que Fran Drescher ha descrito como «un libro que todos deberían leer», te ayudará a reducir la exposición a químicos que nos afectan para aliviar enfermedades crónicas y a reafirmar tu sistema inmune de forma holística.
Los trastornos endócrinos y enfermedades autoinmunes han aumentado alarmantemente en el mundo moderno. Los químicos disruptores del sistema inmunológico o disruptores endócrinos (DE), que abundan en el medioambiente desatan caos en nuestros cuerpos y potencian el desarrollo de enfermedades crónicas.
En esta «lectura indispensable para quien esté comprometido con una vida más saludable y libre de toxinas» (David Perimutter, doctor en medicina, autor bestseller del New York Times), la doctora Aly Cohen propone una solución vital para minimizar la exposición a distruptores endócrinos y para activar los sistemas de desintoxicación naturales del cuerpo. Con un lenguaje claro y accesible, la Dra. Cohen expone las formas sorprendentes en las que las toxinas del medio ambiente impactan a nuestros cuerpos y asocia síntomas y enfermedades específicos con exposiciones cotidianas. Aquí descubrirás lo que acecha en nuestra agua, comida, productos de cuidado personal y del hogar. Aprenderás pasos sencillos y prácticos para llevar una vida más libre de toxinas.
Relieve chronic illness and holistically bolster your immune system by minimizing exposure to immune-disrupting chemicals, with this approachable, revolutionary “book that everyone should read” (Fran Drescher) from integrative rheumatologist Dr. Aly Cohen.
Immune conditions and autoimmune diseases are rising in our modern-day world with the biggest triggers existing all around us. With an environment laden with untested and unregulated chemicals, radiation, and light and noise pollution, these immune disrupting chemicals (IDCs) trigger our bodies to go haywire and develop chronic conditions. And while variables like age, medication use, and overall health status factor into the performance of one’s immune system, doctors are struggling to help their patients find livable solutions for their chronic illness.
In this “must-read for anyone committed to living a healthier, toxin-free life” (David Perimutter, MD, #1 New York Times bestselling author), Dr. Aly Cohen proposes a life-saving solution to minimizing disrupting immune system triggers and activating the body’s natural detoxification systems. Using clear and accessible language, Dr. Cohen demonstrates the surprising ways in which environmental toxins impact our bodies, linking specific symptoms and illnesses to everyday exposures. You’ll uncover what’s lurking in our water, food, personal care products, and household goods. You’ll discover simple and affordable steps to lead a more toxin-free life.
Los trastornos endócrinos y enfermedades autoinmunes han aumentado alarmantemente en el mundo moderno. Los químicos disruptores del sistema inmunológico o disruptores endócrinos (DE), que abundan en el medioambiente desatan caos en nuestros cuerpos y potencian el desarrollo de enfermedades crónicas.
En esta «lectura indispensable para quien esté comprometido con una vida más saludable y libre de toxinas» (David Perimutter, doctor en medicina, autor bestseller del New York Times), la doctora Aly Cohen propone una solución vital para minimizar la exposición a distruptores endócrinos y para activar los sistemas de desintoxicación naturales del cuerpo. Con un lenguaje claro y accesible, la Dra. Cohen expone las formas sorprendentes en las que las toxinas del medio ambiente impactan a nuestros cuerpos y asocia síntomas y enfermedades específicos con exposiciones cotidianas. Aquí descubrirás lo que acecha en nuestra agua, comida, productos de cuidado personal y del hogar. Aprenderás pasos sencillos y prácticos para llevar una vida más libre de toxinas.
Relieve chronic illness and holistically bolster your immune system by minimizing exposure to immune-disrupting chemicals, with this approachable, revolutionary “book that everyone should read” (Fran Drescher) from integrative rheumatologist Dr. Aly Cohen.
Immune conditions and autoimmune diseases are rising in our modern-day world with the biggest triggers existing all around us. With an environment laden with untested and unregulated chemicals, radiation, and light and noise pollution, these immune disrupting chemicals (IDCs) trigger our bodies to go haywire and develop chronic conditions. And while variables like age, medication use, and overall health status factor into the performance of one’s immune system, doctors are struggling to help their patients find livable solutions for their chronic illness.
In this “must-read for anyone committed to living a healthier, toxin-free life” (David Perimutter, MD, #1 New York Times bestselling author), Dr. Aly Cohen proposes a life-saving solution to minimizing disrupting immune system triggers and activating the body’s natural detoxification systems. Using clear and accessible language, Dr. Cohen demonstrates the surprising ways in which environmental toxins impact our bodies, linking specific symptoms and illnesses to everyday exposures. You’ll uncover what’s lurking in our water, food, personal care products, and household goods. You’ll discover simple and affordable steps to lead a more toxin-free life.
Excerpt
Capítulo 1: La prueba del delito: los contaminantes ambientales
EL BAÑO DABA vueltas o yo daba vueltas, de pie, en medio de la habitación, en un mar de rociadores para el cuidado de la piel, pomos de loción hidratante, cremas y champús, tubos diminutos de maquillaje y brillo de labios, muchos tan coloridos que parecía como si alguien hubiera volcado una tienda de caramelos en mi suelo de baldosas blancas —salvo que aquí nada era dulce o apetecible—. Eran mis productos de cuidado personal —cosméticos, cremas, champús, sueros, desodorantes y perfumes— junto con una selección de productos de limpieza para el hogar que había sacado de otras zonas de nuestra casa, incluidos detergentes, desinfectantes, ambientadores, insecticidas, fungicidas y otros multiusos lo bastante potentes para aniquilar lo que fuera que quedase. De nuestra cocina había recopilado latas de sopa y atún junto con cajas de cereales y galletas que tenían suficiente glifosato —un herbicida que se utiliza en los campos de trigo y otros cultivos— para ganarse un puesto en la lista de ingredientes. También había bebidas en mi montón, como botellas de agua, refrescos sin azúcar y una botella de leche de vaca que había empezado a sudar a través del envase de plástico.
Si crees que estaba reuniendo provisiones para un refugio nuclear, estarías en lo cierto, pero solo en parte. Sin embargo, no eran estos los productos que querría tener conmigo en el caso improbable de un apocalipsis. Eran los productos que me temía que lo provocaban, no de la forma disparatada en que acaba la vida en las películas, sino de una forma lenta e insidiosa, dañando en silencio mi salud, la de mi familia y la de todos mis conocidos. Por eso coloqué todos esos productos en el suelo del baño: quería saber exactamente a cuántos químicos estaba exponiendo mi cuerpo a diario. Con el tiempo, y tras investigar más, me di cuenta de que tenía muchas más cosas que añadir a ese montón, entre ellas la mayoría de mis utensilios de cocina, ropa, aparatos electrónicos, muebles, suelos y otros enseres comunes en el hogar que contienen peligrosas toxinas ambientales.
Antes de adentrarme más en el tema, quiero que sepas que no trato de sonar dramática. Profesionalmente, no puedo serlo. Durante más de veinte años he trabajado como reumatóloga clínica, que son los médicos que diagnostican y tratan enfermedades inflamatorias. Por mi trabajo con pacientes, muchos de los cuales tienen una enfermedad crónica con afecciones que otros profesionales no saben tratar, he tenido que mantenerme fiel a las evidencias y los hechos. No hay espacio para el drama cuando intentas a ayudar a personas con condiciones incapacitantes para las que ni ellos ni sus médicos tienen respuestas. Al mismo tiempo, me he pasado las dos últimas décadas leyendo, investigando y escribiendo sobre cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan nuestra salud. Y, gracias a eso, también he visto cómo esta investigación ha ido evolucionando a medida que los índices de las enfermedades crónicas han aumentado de manera constante entre mis pacientes, a quienes han diagnosticado a edades cada vez más tempranas y, lo más sorprendente, sin tener el más mínimo rastro de antecedentes familiares de la enfermedad.
Volvamos a lo que tenía en el suelo del baño. La mayoría de las personas no se dan cuenta, y también hablo por mí en su momento, de que en la actualidad existen más de noventa y cinco mil químicos en el mercado de productos estadounidenses, y que estos se encuentran en todas partes, desde la comida, el agua y los productos de cuidado personal hasta los productos de limpieza, muebles, aparatos electrónicos, juguetes, materiales de construcción y mucho más.1 En resumen, si se fabrica algo en esta edad moderna, lo más probable es que contenga al menos un químico sintético, si no cientos. Las sustancias tóxicas ambientales, incluidas algunas que se prohibieron hace décadas, también están presentes en el aire que respiramos, en la tierra donde cultivamos nuestros alimentos y de donde obtenemos el agua, y en los océanos, lagos, ríos y estanques donde nadamos y pescamos.
A pesar de que se permite el uso de contaminantes ambientales, muchos están indudablemente relacionados con problemas severos de salud, como cáncer, problemas de corazón, diabetes, obesidad, trastornos neurológicos como el Alzheimer y enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide. Los contaminantes ambientales también están asociados con dolencias preocupantes como dolores crónicos, cansancio, aumento de peso, pérdida de cabello, problemas gastrointestinales y envejecimiento prematuro.2 Te digo más, la mayoría de los químicos que se utilizan hoy en día —hablamos de decenas de miles de toxinas— nunca se han testado para ver si son seguros para los humanos. Y cuando digo nunca, es nunca.3 Vamos, que ni de lejos han pasado por un test de seguridad. Y si la historia reciente es un indicativo de los resultados futuros, muchos químicos resultarían problemáticos si se les hicieran pruebas, dados los resultados de las sustancias tóxicas que ya se han analizado.
A mis treinta, después de reunir en el baño la exposición química a la que estaba expuesta a diario, empecé a hacer pequeños ajustes en mi dieta y estilo de vida. No fueron cambios de gran envergadura ni nada radical, sino ajustes simples y sostenibles de mi rutina que podían reducir el riesgo de sufrir lo que se conoce como «enfermedades de la civilización» —condiciones como el cáncer, problemas de corazón y la obesidad se pueden prevenir en gran medida cambiando el estilo de vida—. Desde entonces, he hecho un buen trabajo manteniendo a raya las sustancias tóxicas que puedo controlar. También reconozco que nadie es perfecto y que mi viaje, como el de cualquiera, es una carrera de fondo.
No he hecho todos los cambios que podía. Todavía me tiño el pelo (los tintes libres de químicos no me van bien) y de vez en cuando como alimentos que contienen sustancias tóxicas problemáticas, ya que es difícil evitar todos los químicos en la comida. A pesar de que examino casi todo lo que compro, he aprendido a ser eficiente con el tiempo, a la vez que ahorro. No voy a mentirte: comer alimentos ecológicos en su mayoría y comprar productos de consumo libres de químicos puede ser caro, así que se me han ocurrido algunos trucos y consejos para ahorrar sin renunciar a hacer elecciones más saludables (te los iré compartiendo a lo largo del libro).
Lo siguiente refleja mi ética en general: limitar la exposición a las sustancias tóxicas ambientales requiere elecciones estratégicas y bien pensadas, no grandes sacrificios ni gastar fortunas. La verdad es que no se pueden evitar todos los contaminantes ambientales; simplemente, no es posible. Tampoco se puede vivir con miedo. En vez de eso, quiero que te empoderes y tomes las riendas de tu salud para que aumentes las posibilidades no solo de vivir más tiempo, sino de vivir mejor.
Antes de que mi perro Truxtun muriera en 2008, evento que desató mi investigación sobre los contaminantes químicos, consideraba que llevaba una vida bastante saludable. Salía a correr unas pocas veces a la semana, me llevaba ensaladas al trabajo para no sentirme tentada por el catering alto en hidratos patrocinado por las empresas farmacéuticas, y me bañaba en protector solar antes de salir cada mañana. Lo admito, sentía debilidad por las Oreo y me encantaba comerme el queso untable directamente del bote, pero ¿quién no se da sus caprichitos? Suponía que siempre y cuando mantuviera el peso dentro de un rango estable, «una vez al año, no hace daño».
También me consideraba en cierta manera proactiva en cuanto a las sustancias tóxicas ambientales, sobre todo después de que mi marido y yo nos mudamos de Nueva York a una pequeña ciudad granjera a las afueras de Princeton, Nueva Jersey. Nuestro nuevo hogar —en realidad era un antiguo granero que habíamos reformado— daba a hectáreas de maizales, campos de soja y de patatas. Lo que no sabíamos es que, durante años, habían rociado esos campos con químicos agrícolas agresivos. Los vecinos me contaron historias horribles sobre cómo hacía tan solo unas décadas los aviones bajaban en picado y empapaban los campos con pesticidas, incluso mientras los niños y sus mascotas jugaban cerca. Como resultado, se quedaba un residuo polvoriento en los cristales de las ventanas, puertas, zonas de juego en el jardín y juguetes que se dejaban fuera.
Si bien en Nueva York bebíamos agua de la llave sin pensarlo dos veces (¿acaso no sabías que Nueva York tiene la mejor agua para hacer bagels?), mi marido y yo empezamos a comprar agua embotellada cuando nos mudamos a Nueva Jersey porque nos preocupaba que los pesticidas hubieran contaminado las redes de aguas subterráneas de la ciudad. Cuando cargaba botellas de agua desde el supermercado a la casa, me sentía orgullosa de mí misma por lo que a mi parecer, en ese momento, era tomar una medida preventiva para mi salud y la de mi familia. Varios meses después, sin embargo, reemplazamos las botellas que traíamos de la tienda por filtros para el agua, no porque los creyéramos más saludables, sino porque nos dimos cuenta de que era más cómodo.
Poco después de mudarnos a Nueva Jersey quedé embarazada de mi primer hijo. Dejé de beber alcohol de inmediato y me quité el pescado crudo y los embutidos, ya que estos dos últimos suponían un riesgo de infección en mujeres embarazadas.4 Sin embargo, estaba famélica. Empecé a pasarme por McDonald’s para pedirme el Big Breakfast con Hotcakes, la especialidad de la casa. El plato, que servían hirviendo en un recipiente para llevar, plástico, incluía huevos revueltos, hash browns, salchichas, galletas y hotcakes (que para mí eran tortitas), todo eso aderezado con sirope de arce de sabor artificial y jugo de naranja. Solía engullir el desayuno en el coche de camino al trabajo, y comía directamente del recipiente de plástico utilizando los cubiertos de plástico que me habían dado. Esto lo hacía mientras me autoengañaba diciendo que consumía todas esas calorías y grasas saturadas —lo que en ese momento yo pensaba que eran los componentes menos saludables del plato— porque necesitaba energía para que el bebé creciera.
Mi adicción al Big Breakfast llegó tan lejos que, justo después de dar a luz, me faltó poco para poner de vuelta y media al personal del hospital por no traerme esos hotcakes. Mi marido, consciente de mis antojos, se apiadó de mí y condujo a una cafetería cercana para comprármelos, y me trajo a hurtadillas esos bienes grasientos a la sala de maternidad.
Dos años después de nacer nuestro primer hijo, volví a quedar embarazada y di a luz a otro niño. A medida que nuestra familia crecía, también lo hacían mis medidas para que nuestros hijos y hogar fueran saludables. Esto implicaba limpiar constantemente la casa para proteger a los niños de la suciedad, el polvo y los posibles patógenos que esperarías encontrar en un antiguo granero. Estaba orgullosa de nuestro «nuevo» hogar —era el primero que tenía lejos de los apartamentos de la ciudad— y quería que pareciera y fuera tan cómodo como pudiera. Limpiaba las ventanas con el limpiacristales hasta que no quedaba ni una mancha, fregaba el suelo con Don Limpio hasta que me llegaba el aroma a pino y limón desde la habitación de al lado, y limpiaba todas las superficies de los baños con lejía regularmente. Utilizaba insecticidas para las avispas, las hormigas y las termitas dentro de la casa, y bañaba a nuestro perro y a nuestro gato con antipulgas y antigarrapatas con regularidad para evitar la enfermedad de Lyme, muy preocupante para los reumatólogos como yo. Normalmente me lavaba las manos después de utilizar esos productos, aunque puede que no todo el tiempo y quizá no muy a conciencia. Después de todo, estaba muy ocupada mientras montaba una nueva consulta, empezaba una nueva familia y creaba un nuevo hogar. Y confiaba en que todo lo que utilizaba era seguro porque, si no lo fuera, no lo venderían en las tiendas.
Vivir en una casa también me abrió las puertas a un mundo nuevo de bienes de consumo. Me obsesioné con los ambientadores, por ejemplo, y no tardé en llenar un cajón entero con aromas como brisa marina, campos de fresa y calabaza especiada que prometían convertir nuestra casa en un destino vacacional en California o una pastelería rústica de pueblo. En cualquier momento, sobre todo en otoño y durante las fiestas, tenía dos difusores eléctricos que con suavidad despedían una sinfonía olfativa de menta y canela.
También me volvían loca los champús y acondicionadores con olores intensos que tan populares eran en aquella época —cuanto más «afrutado» fuera el aroma, mejor—. Y aunque no me maquillaba demasiado —brillo de labios, sombra de ojos y máscara de pestañas como mucho, además de lápiz de ojos y corrector si me sentía elegante—, me las arreglé para hacer acopio de unas provisiones ingentes (tal vez vergonzosas) de muestras gratuitas de las marcas de cosméticos.
Sin embargo, después de la muerte de Truxtun me di cuenta de que había estado ingiriendo, absorbiendo, inhalando y exponiéndome de otras maneras a cientos de químicos cada día. Todos los productos perfumados, como los ambientadores y productos para el cabello con aroma, estaban plagados de «fragancias» sintéticas que pueden contener bajo un solo término más de tres mil ingredientes y químicos sin especificar.5 Los químicos sin especificar ocultos bajo la palabra «fragancia» o «perfume» normalmente contienen ftalatos, un gran grupo de químicos que se ha demostrado que altera el correcto funcionamiento de las hormonas, el sistema inmunológico y el desarrollo de los genitales en recién nacidos varones. También se ha descubierto que los ftalatos aumentan el riesgo de sufrir cáncer de tiroides y otros tipos de cáncer sensibles a las hormonas, entre otros problemas de salud serios.6 Los parabenos, otro tipo de químicos que se encuentra en productos de cuidado personal y en mis pequeñas muestras «gratuitas» sobre el suelo del baño, se han relacionado con el cáncer de mama7 e incluso se han encontrado en muestras de tejido mamario tanto benignos como cancerígenos.8 Muchos de mis productos de cuidado personal también contenían químicos pegilados, que están diseñados a propósito para permear las capas protectoras de la piel y transportar otros químicos directamente al torrente sanguíneo. Había cientos de químicos más en los productos que había dejado en el suelo del baño (leerás sobre muchos de ellos en las páginas siguientes). De repente, me sentí abrumada. Y estaba lista para el cambio.
Hoy ya no estoy abrumada. Estoy informada. Me siento agradecida por haber aprendido a vivir de manera más saludable y porque ahora puedo transmitir ese conocimiento a los demás. Además, cada día es una nueva oportunidad para aprender, ya que a diario se publican nuevas investigaciones y se comparten soluciones novedosas. Reducir la exposición química es un viaje, no un destino.
A pesar de todo, solo hay una cosa que puedo decir con certeza: no importa quién seas, el estilo de vida que lleves o cuántos focos de exposición creas que son inevitables, hay pasos simples y sostenibles que puedes dar para reducir la carga tóxica y disminuir el riesgo de sufrir una enfermedad. Eliminar solo unas pocas toxinas de tu vida diaria puede suponer un impacto significativo en tu salud física y bienestar general. Es más, adoptar ciertos hábitos puede proteger tu cuerpo a largo plazo contra la exposición química en la que incurras.
¿Cómo lo sé? Los niveles existentes de muchos químicos comunes se pueden detectar en las analíticas de fluidos corporales, como las de orina, sangre, leche materna y tejido mamario. Cuando hacemos cambios para reducir la exposición a estos químicos, los niveles de esas sustancias en nuestros fluidos corporales también decaen, lo que reduce el riesgo de contraer enfermedades que ahora se asocian a esos químicos.
En otras palabras, el futuro es tuyo: lo único que tienes que hacer es comenzar el viaje.
Creo que los contaminantes químicos son la causa principal de la mayoría de los problemas de salud agudos y crónicos. De hecho, algunos estudios incluso dicen que el 90 por ciento de las enfermedades se asocian al entorno, y se achacan, sobre todo, al tabaco, el alcohol y la contaminación atmosférica,9 además del consumo de comida procesada.10 Como mínimo, la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada cuatro muertes en el mundo se debe a un entorno no saludable donde las personas están expuestas a un exceso de químicos sintéticos, contaminantes en el aire, agua o tierra, además de otros factores de riesgo.11
No comparto estas estadísticas contigo para que te suenen las alarmas, sino para demostrarte que tienes control sobre el futuro de tu salud. Aunque no todos los contaminantes ambientales puedan evitarse, muchos sí, así que dar pasos proactivos —sin importar en cuánta exposición incurras— puede reducir de manera significativa el riesgo de sufrir afecciones tanto agudas como crónicas.
¿Qué son exactamente los problemas de salud agudos y crónicos? Las afecciones agudas se desarrollan de manera repentina, en general duran un breve periodo de tiempo y abarcan enfermedades como episodios asmáticos, infecciones respiratorias, reacciones alérgicas alimentarias y sarpullidos o dermatitis. Las afecciones crónicas, por otro lado, tienden a empeorar a medida que pasa el tiempo y a menudo vienen provocadas por hábitos presentes en nuestro estilo de vida, como llevar una dieta poco sana, padecer estrés psicológico crónico, fumar tabaco y ser sedentario; por eso se les llama «enfermedades relacionadas con el estilo de vida» o, como señalé antes en este capítulo, «enfermedades de la civilización».12 Entre las enfermedades crónicas se encuentran el cáncer, los problemas de corazón, la demencia, la diabetes, la obesidad, la depresión y las enfermedades autoinmunes.
¿Cómo los contaminantes químicos pueden ser la causa principal de un abanico tan amplio de condiciones médicas? Como estarás comprobando, las sustancias tóxicas ambientales están en todas partes, entre ellas los alimentos que comemos, el agua que bebemos y los productos de cuidado personal y de limpieza que utilizamos. También se encuentran en los aparatos electrónicos, la ropa, los utensilios de cocina, los coches, muebles, pisos y materiales de construcción, así como en la hierba, campos de atletismo, bosques, jardines y playas donde jugamos nosotros y nuestros hijos. En resumen, la mayoría de los lugares y productos de consumo contienen toxinas ambientales, incluso si no podemos verlas ni olerlas —o no cuentan con una etiqueta o señal de advertencia que nos avise de su presencia.
Un motivo por el que los contaminantes ambientales influyen tanto en el riesgo de sufrir enfermedades es que pueden resultar tóxicos en cantidades muy pequeñas. Muchos químicos, como el bisfenol A (BPA), se utilizan para fabricar envases de comida y bebida, mientras que podemos encontrar los ftalatos en cualquier cosa, desde productos de cuidado personal a aparatos médicos. Ambos pueden ser igual de dañinos, si no más, en pequeñas dosis13 que en grandes cantidades, debido a un fenómeno conocido como «curva dosis-respuesta no monotónica». Este fenómeno, que va en contra de los patrones predecibles de las dosis, produce efectos tóxicos en dosis bajas de modo similar a la manera en que las hormonas, en cantidades infinitesimales, pueden suponer unos efectos fisiológicos enormes.14 En esos casos, la dosis no hace el veneno. Y es preocupante, ya que hasta el 99 por ciento de la población cuenta con niveles detectables de BPA en la sangre, sudor u orina,15 mientras que la mayoría de nosotros también tenemos niveles medibles de metabolitos de ftalatos.16
Además, no es solo lo que un químico en la crema humectante, la máscara de pestañas, los pantalones de yoga o el refresco sin azúcar le provoque a tu salud; es lo que podría suponer la combinación de todos esos químicos, un factor X desconocido que casi resulta imposible de analizar o controlar. Si alguna vez diste química en el instituto, sabrás que los químicos pueden interactuar entre ellos, a veces de formas significativas o impredecibles. Hoy hacemos lo mismo con nuestros cuerpos y llevamos a cabo un experimento científico crudo al exponernos a distintos cócteles químicos para los que ni nosotros ni los científicos podemos predecir las consecuencias. El resultado también puede ser más serio de lo que podríamos pensar, ya que exponemos nuestros cuerpos a mezclas de químicos que pueden componer o producir una sinergia entre los efectos dañinos que las sustancias tóxicas individuales poseen por sí mismas.
Los contaminantes ambientales suponen una parte tan intrínseca del día a día de nuestra vida moderna que recientemente los científicos han acuñado el término «exposoma» para describir eso a que nos enfrentamos en la actualidad: la exposición química desde el día en que somos concebidos en el útero hasta el día de nuestra muerte. El exposoma (no confundir con el «microbioma» del cuerpo, un concepto totalmente distinto) recoge todas las exposiciones ambientales que hemos tenido a lo largo de nuestra vida, incluyendo lo que comemos, lo altos o bajos que son nuestros niveles de estrés, las drogas que tomamos, los niveles de contaminación a los que nos enfrentamos y cómo esa exposición variable afecta a nuestra salud. A través de la lente del exposoma, los investigadores ahora saben que los contaminantes ambientales pueden afectar nuestro ADN y modificar su actividad en tiempo real al encender o apagar ciertos genes.17 Este fenómeno se conoce como «epigenética», la capacidad que tienen los factores de nuestro entorno y comportamiento personal de alterar la expresión genética a lo largo de nuestra vida. Mientras que la dieta, el índice de masa corporal, el consumo de tabaco, la actividad física y el estrés psicológico juegan un papel en la epigenética, uno de los factores más influyentes es la exposición a los contaminantes ambientales.
La buena noticia sobre la epigenética, sin embargo, es que también sabemos qué factores del estilo de vida pueden afectar de manera positiva la actividad genética. Estos factores incluyen llevar una dieta muy nutritiva, mover el cuerpo de manera regular y significativa, y reducir el estrés psicológico, entre otros hábitos que cubriremos en los próximos capítulos. Así que, si bien tal vez no seamos capaces de obviar por completo el impacto de todas las toxinas ambientales en nuestra actividad genética, ten por seguro que podemos adoptar hábitos nuevos para contrarrestar sus efectos negativos. A lo largo de este libro, compartiré contigo algunas formas de influir en los genes en tiempo real para “hackear” de manera efectiva el exposoma.
Si quieres reducir tu exposición a los químicos de manera directa y efectiva, saber cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan el cuerpo a niveles biológicos tiene sus ventajas. Una vez que comprendas la biología del problema, podrás determinar qué necesitas hacer para remediarlo. Se le atribuye al antiguo CEO de Apple, Steve Jobs, la siguiente frase: «Si defines el problema de manera correcta, casi tienes la solución».18 Así que vamos a definir el problema.
Los contaminantes ambientales son dañinos para nuestra salud porque interfieren con el correcto funcionamiento de casi todos los sistemas del cuerpo, incluidos el respiratorio, cardiovascular, reproductivo, nervioso y endocrino. Sin embargo, esto no es un motivo para alarmarse; llevamos años viviendo entre contaminantes ambientales y lo seguiremos haciendo unos cuantos más, al igual que hemos convivido con virus e insectos peligrosos. Al contrario, eso es un motivo para seguir leyendo. Al igual que para evitar el resfriado común y la gripe, hay cosas que puedes hacer para eludir los contaminantes ambientales si sabes qué son.
Hasta la fecha, la mayoría de las investigaciones sobre los contaminantes ambientales y la salud humana se han centrado en el sistema endocrino, una red de glándulas repartidas por el cuerpo que funcionan codo con codo para monitorear, fabricar y regular las hormonas (piensa en la hormona tiroidea para el metabolismo; la insulina para ayudar a regular la glucosa en sangre; las hormonas sexuales para el desarrollo del feto, el crecimiento y la fertilidad, y las hormonas de la glándula suprarrenal para ayudar a controlar la presión arterial). En resumen, las hormonas que controlan nuestro sistema endocrino pueden afectar casi todos nuestros procesos físicos, como el metabolismo, el estado anímico, la fertilidad, el crecimiento y el desarrollo, las funciones sexuales y el sueño.
Las toxinas ambientales pueden alterar las funciones endocrinas normales de distintas formas.19 Algunos disruptores endocrinos (EDC) alteran la producción normal de las hormonas, como el estrógeno, la testosterona, la insulina, la hormona tiroidea y la del crecimiento. Los EDC también pueden imitar a las hormonas, engañando a los órganos y al cuerpo para responder de manera insuficiente o en exceso, lo que puede dar como resultado hiper o hipotiroidismo, diabetes e hipertensión. Algunos EDC aumentan el crecimiento celular en los tejidos. Otros afectan al tipo de células producidas por la médula ósea (células madre) y las engañan para que se conviertan en adipocitos en lugar de plaquetas o células inmunitarias.
Entre los EDC más comunes se incluyen el bisfenol A (BPA), los ftalatos, el triclosán (se encuentra en utensilios de cocina y productos de cuidado personal), los bifenilos policlorados (PCB, prohibidos hace décadas, pero debido a su persistencia todavía contaminan algunos pescados, carnes y productos lácteos) y las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS, conocidas como los “químicos eternos”, que se encuentran en una plétora de artículos como productos de limpieza, utensilios de cocina antiadherentes, telas resistentes a manchas e impermeables, hilo dental, extintores y productos de cuidado personal).20 Los químicos tienen muchos acrónimos en los productos comunes pero, de nuevo, no hay necesidad de alarmarse: en este libro aprenderás a evitarlos todo lo que puedas.
Por su capacidad de alterar la función hormonal, los EDC se han relacionado con cánceres sensibles a las hormonas (por ejemplo, los de mama, testículos, tiroides, endometrio y útero), diabetes, problemas de corazón, afecciones respiratorias, complicaciones metabólicas, alteración de la función del sistema nervioso, endometriosis, fertilidad baja, trastornos neurológicos y otros muchos problemas de salud.21 En 2012, la Organización Mundial de la Salud declaró que los EDC eran «una amenaza global que se debería abordar»,22 lo que originó un frenesí de investigaciones sobre ese tipo de sustancias químicas. Y ya puedes sentirte bien porque estás abordando el problema por ti mismo: ¡has elegido este libro!
Por desgracia, las sustancias tóxicas ambientales no afectan solo nuestro sistema endocrino. También interfieren con nuestro sistema inmunológico, que es la mejor y única defensa de nuestro cuerpo contra la enfermedad. De hecho, la mayoría de los EDC comunes también son IDC o disruptores inmunológicos, toxinas ambientales que interfieren con el correcto funcionamiento de nuestro sistema inmunológico. Al igual que los EDC, los IDC se han relacionado con el cáncer, la diabetes, los problemas de corazón, las enfermedades autoinmunes, las enfermedades neurológicas, la obesidad, el asma, las alergias, el aumento de peso, el envejecimiento prematuro y una mayor susceptibilidad a sufrir infecciones, además de una menor respuesta a las vacunas, entre otras muchas afecciones.
El impacto de las sustancias tóxicas ambientales de hoy en nuestra salud inmunológica es uno de los grandes motivos por los que escribo este libro. Como reumatóloga, sé por mi formación médica y experiencia clínica que la fortaleza de nuestro sistema inmunológico importa muchísimo en nuestra salud y bienestar general. Sin un sistema inmunológico fuerte, nos enfermamos. Y una razón por la que nos enfermamos es que hay un proceso que nuestro sistema inmunológico maneja directamente: nuestro grado de inflamación interna.
Durante las últimas décadas, la palabra «inflamación» ha estado en boga entre los expertos e influencers de la salud, por un buen motivo. La inflamación es la respuesta natural de nuestro sistema inmunológico a las heridas, infecciones o sustancias extrañas que entran en nuestro cuerpo y que nuestras células inmunitarias no reconocen. Cuando nuestro sistema inmunológico se enfrenta a uno de esos factores, envía un ejército de células inmunitarias para promover la curación, luchar contra el problema o neutralizarlo.
Existen dos tipos de inflamación: aguda y crónica. La inflamación aguda ocurre cuando nos hacemos una herida o tenemos una infección, dígase un corte en el dedo, un hueso roto, una picadura de abeja o la exposición a un virus como el del resfriado o la gripe. Con la inflamación aguda experimentamos síntomas inmediatos, entre ellos dolor, enrojecimiento e hinchazón, y estos síntomas acaban por disminuir en cuestión de horas, días o semanas.
Por otro lado, la inflamación crónica sucede cuando nuestro sistema inmunológico se dispara de manera constante por una sustancia extraña, lo que provoca una respuesta inflamatoria una y otra vez. Aunque no siempre podemos ver o tocar la inflamación crónica, puede producir síntomas como cansancio, aumento de peso, complicaciones gastrointestinales, dolor crónico, sarpullidos en la piel y depresión, ansiedad y otros trastornos del estado anímico. Con el tiempo, si no se trata, la inflamación crónica puede provocar cáncer, problemas de corazón, diabetes, enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y enfermedades autoinmunes; estas últimas se dan cuando el sistema inmunológico ataca a su propio tejido sano.23 Las enfermedades causadas por la inflamación crónica constituyen más de la mitad de las muertes que se producen en todo el mundo, según estimaciones globales.24
Una de las causas principales de la inflamación crónica son las toxinas ambientales.25 Cada vez que nos exponemos a un disruptor inmunológico, nuestro cuerpo percibe la sustancia como un agente invasor y lo ataca mediante la inflamación. Como todos estamos expuestos a cientos de IDC cada día —sin importar nuestra edad, raza, nivel de ingresos o país de residencia—, nuestro sistema inmunológico no deja de activar la respuesta inflamatoria, lo que crea un estado de inflamación crónica. Como resultado, la mayoría de nosotros sufrimos de inflamación crónica en cierta medida. Y, por desgracia, esa inflamación crónica hace que muchos enfermemos.
¿Por qué nuestro sistema inmunológico no se adapta a los IDC como hace con algunos virus, bacterias y otros invasores a los que estamos expuestos de manera rutinaria a lo largo de nuestra vida? La respuesta corta es que no ha tenido tiempo suficiente para evolucionar. Para ser más específica: la parte de nuestro sistema inmunológico conocida como «sistema inmunológico adaptativo» no ha tenido suficiente tiempo para evolucionar.26 Como ves, nuestro sistema inmunológico es antiguo y exquisito, y ha protegido a los humanos de invasores externos durante milenios. Sin embargo, durante el último siglo se ha visto expuesto a cientos de químicos sintéticos nuevos o agentes agresores, sin tener el tiempo suficiente para evolucionar sus respuestas. Veámoslo en más detalle.
Nuestro sistema inmunológico se compone de dos partes: el sistema inmunológico innato, aquel con el que nacimos y que se ha ido programando durante los millones de años de evolución humana para reconocer a los invasores, y el sistema inmunológico adaptativo, que puede cambiar a lo largo de nuestra vida para combatir sustancias nuevas con las que no nos hemos topado antes. El COVID-19 es un gran ejemplo de cómo funciona nuestro sistema inmunológico adaptativo. A pesar de que el COVID-19 era un virus «nuevo», nuestro sistema inmunológico adaptativo fue capaz de generar anticuerpos para luchar contra él cuando nos expusimos por primera vez a la enfermedad, ya fuera mediante la vacuna o el contagio. Lo que ayudó a nuestro sistema inmunológico a crear esos anticuerpos es que el COVID-19 no dista mucho de lo que nuestro cuerpo ha visto durante nuestro pasado evolutivo. Primero, es un virus natural; segundo, pertenece a una familia de coronavirus que los investigadores calculan que lleva existiendo siglos entre los humanos.27
La mayoría de los químicos fabricados por el hombre, por el contrario, llevan existiendo menos de cien años aproximadamente, desde el comienzo de la industrialización de productos químicos y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Desde la perspectiva de nuestro sistema inmunológico, cien años no es ni un parpadeo en la pantalla del radar metafórico de la evolución humana. Aún más, como los contaminantes ambientales son sintéticos (es decir, «no naturales») y en general increíblemente potentes, son más «extraños» a nuestro sistema inmunológico que los invasores naturales. Por estas razones se ha demostrado que los contaminantes químicos interfieren con la síntesis de citocinas del cuerpo, esas proteínas inmunitarias que ayudan a controlar la inflamación, y con las inmunoglobulinas, un tipo de anticuerpo.28 El cuerpo humano puede descomponer algunos químicos, como los BPA, que se encuentran en comidas en lata y en el papel térmico (por ejemplo, tickets o tarjetas de embarque), en apenas unas horas —aunque se utilizan miles de millones de BPA en tantos productos que prácticamente todo el mundo en todas partes está expuesto a ellos de manera continua—.29 Sin embargo, el cuerpo necesita meses e incluso años para eliminar otros químicos, y cuanto más tiempo permanecen en él, mayor es el riesgo potencial de tener problemas de salud. Esto sucede en especial con los «químicos eternos», como las sustancias polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS, que se encuentran en utensilios de cocina antiadherentes, envases de comida, agua potable y decenas de otros productos. Se llaman «sustancias químicas eternas» porque no se descomponen con el tiempo. (Aprenderás mucho más sobre las PFAS y cómo evitarlas en los capítulos siguientes). Según las investigaciones, estas toxinas peligrosas pueden suprimir la capacidad de nuestro sistema inmunológico de combatir la infección, y reducir la eficacia de algunas vacunas al amortiguar la respuesta que se busca de los anticuerpos.30
Comprender cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan nuestro sistema inmunológico nos da una oportunidad increíble para contraatacar. Cuando sabemos cómo y por qué los IDC afectan nuestro cuerpo, también sabemos qué podemos hacer al respecto y qué acciones tomar para potenciar la fuerza de nuestra inmunidad y reducir los niveles de inflamación crónica. (Más adelante en el libro compartiré cómo hacer ambas cosas).
El hecho de que se permita que estos químicos existan en nuestro entorno es un despropósito, y está bien estar enfadado y asustado, pero ya no tendrás que vivir con miedo. En este libro te ayudaré a adoptar los mejores cambios de estilo de vida para que puedas reducir la exposición, cambios que encajarán contigo y con tus seres queridos. Y estos cambios en el estilo de vida funcionan. Hoy en día, cuando me hago analíticas de sangre para ver si tengo contaminantes ambientales, los resultados son increíbles. Por ejemplo, mientras que el 97 por ciento de los estadounidenses tienen niveles de PFAS detectables en la sangre, yo no.31
CAPÍTULO 1 La prueba del delito: los contaminantes ambientales
EL BAÑO DABA vueltas o yo daba vueltas, de pie, en medio de la habitación, en un mar de rociadores para el cuidado de la piel, pomos de loción hidratante, cremas y champús, tubos diminutos de maquillaje y brillo de labios, muchos tan coloridos que parecía como si alguien hubiera volcado una tienda de caramelos en mi suelo de baldosas blancas —salvo que aquí nada era dulce o apetecible—. Eran mis productos de cuidado personal —cosméticos, cremas, champús, sueros, desodorantes y perfumes— junto con una selección de productos de limpieza para el hogar que había sacado de otras zonas de nuestra casa, incluidos detergentes, desinfectantes, ambientadores, insecticidas, fungicidas y otros multiusos lo bastante potentes para aniquilar lo que fuera que quedase. De nuestra cocina había recopilado latas de sopa y atún junto con cajas de cereales y galletas que tenían suficiente glifosato —un herbicida que se utiliza en los campos de trigo y otros cultivos— para ganarse un puesto en la lista de ingredientes. También había bebidas en mi montón, como botellas de agua, refrescos sin azúcar y una botella de leche de vaca que había empezado a sudar a través del envase de plástico.
Si crees que estaba reuniendo provisiones para un refugio nuclear, estarías en lo cierto, pero solo en parte. Sin embargo, no eran estos los productos que querría tener conmigo en el caso improbable de un apocalipsis. Eran los productos que me temía que lo provocaban, no de la forma disparatada en que acaba la vida en las películas, sino de una forma lenta e insidiosa, dañando en silencio mi salud, la de mi familia y la de todos mis conocidos. Por eso coloqué todos esos productos en el suelo del baño: quería saber exactamente a cuántos químicos estaba exponiendo mi cuerpo a diario. Con el tiempo, y tras investigar más, me di cuenta de que tenía muchas más cosas que añadir a ese montón, entre ellas la mayoría de mis utensilios de cocina, ropa, aparatos electrónicos, muebles, suelos y otros enseres comunes en el hogar que contienen peligrosas toxinas ambientales.
Antes de adentrarme más en el tema, quiero que sepas que no trato de sonar dramática. Profesionalmente, no puedo serlo. Durante más de veinte años he trabajado como reumatóloga clínica, que son los médicos que diagnostican y tratan enfermedades inflamatorias. Por mi trabajo con pacientes, muchos de los cuales tienen una enfermedad crónica con afecciones que otros profesionales no saben tratar, he tenido que mantenerme fiel a las evidencias y los hechos. No hay espacio para el drama cuando intentas a ayudar a personas con condiciones incapacitantes para las que ni ellos ni sus médicos tienen respuestas. Al mismo tiempo, me he pasado las dos últimas décadas leyendo, investigando y escribiendo sobre cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan nuestra salud. Y, gracias a eso, también he visto cómo esta investigación ha ido evolucionando a medida que los índices de las enfermedades crónicas han aumentado de manera constante entre mis pacientes, a quienes han diagnosticado a edades cada vez más tempranas y, lo más sorprendente, sin tener el más mínimo rastro de antecedentes familiares de la enfermedad.
Volvamos a lo que tenía en el suelo del baño. La mayoría de las personas no se dan cuenta, y también hablo por mí en su momento, de que en la actualidad existen más de noventa y cinco mil químicos en el mercado de productos estadounidenses, y que estos se encuentran en todas partes, desde la comida, el agua y los productos de cuidado personal hasta los productos de limpieza, muebles, aparatos electrónicos, juguetes, materiales de construcción y mucho más.1 En resumen, si se fabrica algo en esta edad moderna, lo más probable es que contenga al menos un químico sintético, si no cientos. Las sustancias tóxicas ambientales, incluidas algunas que se prohibieron hace décadas, también están presentes en el aire que respiramos, en la tierra donde cultivamos nuestros alimentos y de donde obtenemos el agua, y en los océanos, lagos, ríos y estanques donde nadamos y pescamos.
A pesar de que se permite el uso de contaminantes ambientales, muchos están indudablemente relacionados con problemas severos de salud, como cáncer, problemas de corazón, diabetes, obesidad, trastornos neurológicos como el Alzheimer y enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide. Los contaminantes ambientales también están asociados con dolencias preocupantes como dolores crónicos, cansancio, aumento de peso, pérdida de cabello, problemas gastrointestinales y envejecimiento prematuro.2 Te digo más, la mayoría de los químicos que se utilizan hoy en día —hablamos de decenas de miles de toxinas— nunca se han testado para ver si son seguros para los humanos. Y cuando digo nunca, es nunca.3 Vamos, que ni de lejos han pasado por un test de seguridad. Y si la historia reciente es un indicativo de los resultados futuros, muchos químicos resultarían problemáticos si se les hicieran pruebas, dados los resultados de las sustancias tóxicas que ya se han analizado.
A mis treinta, después de reunir en el baño la exposición química a la que estaba expuesta a diario, empecé a hacer pequeños ajustes en mi dieta y estilo de vida. No fueron cambios de gran envergadura ni nada radical, sino ajustes simples y sostenibles de mi rutina que podían reducir el riesgo de sufrir lo que se conoce como «enfermedades de la civilización» —condiciones como el cáncer, problemas de corazón y la obesidad se pueden prevenir en gran medida cambiando el estilo de vida—. Desde entonces, he hecho un buen trabajo manteniendo a raya las sustancias tóxicas que puedo controlar. También reconozco que nadie es perfecto y que mi viaje, como el de cualquiera, es una carrera de fondo.
No he hecho todos los cambios que podía. Todavía me tiño el pelo (los tintes libres de químicos no me van bien) y de vez en cuando como alimentos que contienen sustancias tóxicas problemáticas, ya que es difícil evitar todos los químicos en la comida. A pesar de que examino casi todo lo que compro, he aprendido a ser eficiente con el tiempo, a la vez que ahorro. No voy a mentirte: comer alimentos ecológicos en su mayoría y comprar productos de consumo libres de químicos puede ser caro, así que se me han ocurrido algunos trucos y consejos para ahorrar sin renunciar a hacer elecciones más saludables (te los iré compartiendo a lo largo del libro).
Lo siguiente refleja mi ética en general: limitar la exposición a las sustancias tóxicas ambientales requiere elecciones estratégicas y bien pensadas, no grandes sacrificios ni gastar fortunas. La verdad es que no se pueden evitar todos los contaminantes ambientales; simplemente, no es posible. Tampoco se puede vivir con miedo. En vez de eso, quiero que te empoderes y tomes las riendas de tu salud para que aumentes las posibilidades no solo de vivir más tiempo, sino de vivir mejor.
Qué implica estar «sano»: Mi viaje desde la exposición innecesaria al bienestar
Antes de que mi perro Truxtun muriera en 2008, evento que desató mi investigación sobre los contaminantes químicos, consideraba que llevaba una vida bastante saludable. Salía a correr unas pocas veces a la semana, me llevaba ensaladas al trabajo para no sentirme tentada por el catering alto en hidratos patrocinado por las empresas farmacéuticas, y me bañaba en protector solar antes de salir cada mañana. Lo admito, sentía debilidad por las Oreo y me encantaba comerme el queso untable directamente del bote, pero ¿quién no se da sus caprichitos? Suponía que siempre y cuando mantuviera el peso dentro de un rango estable, «una vez al año, no hace daño».
También me consideraba en cierta manera proactiva en cuanto a las sustancias tóxicas ambientales, sobre todo después de que mi marido y yo nos mudamos de Nueva York a una pequeña ciudad granjera a las afueras de Princeton, Nueva Jersey. Nuestro nuevo hogar —en realidad era un antiguo granero que habíamos reformado— daba a hectáreas de maizales, campos de soja y de patatas. Lo que no sabíamos es que, durante años, habían rociado esos campos con químicos agrícolas agresivos. Los vecinos me contaron historias horribles sobre cómo hacía tan solo unas décadas los aviones bajaban en picado y empapaban los campos con pesticidas, incluso mientras los niños y sus mascotas jugaban cerca. Como resultado, se quedaba un residuo polvoriento en los cristales de las ventanas, puertas, zonas de juego en el jardín y juguetes que se dejaban fuera.
Si bien en Nueva York bebíamos agua de la llave sin pensarlo dos veces (¿acaso no sabías que Nueva York tiene la mejor agua para hacer bagels?), mi marido y yo empezamos a comprar agua embotellada cuando nos mudamos a Nueva Jersey porque nos preocupaba que los pesticidas hubieran contaminado las redes de aguas subterráneas de la ciudad. Cuando cargaba botellas de agua desde el supermercado a la casa, me sentía orgullosa de mí misma por lo que a mi parecer, en ese momento, era tomar una medida preventiva para mi salud y la de mi familia. Varios meses después, sin embargo, reemplazamos las botellas que traíamos de la tienda por filtros para el agua, no porque los creyéramos más saludables, sino porque nos dimos cuenta de que era más cómodo.
Poco después de mudarnos a Nueva Jersey quedé embarazada de mi primer hijo. Dejé de beber alcohol de inmediato y me quité el pescado crudo y los embutidos, ya que estos dos últimos suponían un riesgo de infección en mujeres embarazadas.4 Sin embargo, estaba famélica. Empecé a pasarme por McDonald’s para pedirme el Big Breakfast con Hotcakes, la especialidad de la casa. El plato, que servían hirviendo en un recipiente para llevar, plástico, incluía huevos revueltos, hash browns, salchichas, galletas y hotcakes (que para mí eran tortitas), todo eso aderezado con sirope de arce de sabor artificial y jugo de naranja. Solía engullir el desayuno en el coche de camino al trabajo, y comía directamente del recipiente de plástico utilizando los cubiertos de plástico que me habían dado. Esto lo hacía mientras me autoengañaba diciendo que consumía todas esas calorías y grasas saturadas —lo que en ese momento yo pensaba que eran los componentes menos saludables del plato— porque necesitaba energía para que el bebé creciera.
Mi adicción al Big Breakfast llegó tan lejos que, justo después de dar a luz, me faltó poco para poner de vuelta y media al personal del hospital por no traerme esos hotcakes. Mi marido, consciente de mis antojos, se apiadó de mí y condujo a una cafetería cercana para comprármelos, y me trajo a hurtadillas esos bienes grasientos a la sala de maternidad.
Dos años después de nacer nuestro primer hijo, volví a quedar embarazada y di a luz a otro niño. A medida que nuestra familia crecía, también lo hacían mis medidas para que nuestros hijos y hogar fueran saludables. Esto implicaba limpiar constantemente la casa para proteger a los niños de la suciedad, el polvo y los posibles patógenos que esperarías encontrar en un antiguo granero. Estaba orgullosa de nuestro «nuevo» hogar —era el primero que tenía lejos de los apartamentos de la ciudad— y quería que pareciera y fuera tan cómodo como pudiera. Limpiaba las ventanas con el limpiacristales hasta que no quedaba ni una mancha, fregaba el suelo con Don Limpio hasta que me llegaba el aroma a pino y limón desde la habitación de al lado, y limpiaba todas las superficies de los baños con lejía regularmente. Utilizaba insecticidas para las avispas, las hormigas y las termitas dentro de la casa, y bañaba a nuestro perro y a nuestro gato con antipulgas y antigarrapatas con regularidad para evitar la enfermedad de Lyme, muy preocupante para los reumatólogos como yo. Normalmente me lavaba las manos después de utilizar esos productos, aunque puede que no todo el tiempo y quizá no muy a conciencia. Después de todo, estaba muy ocupada mientras montaba una nueva consulta, empezaba una nueva familia y creaba un nuevo hogar. Y confiaba en que todo lo que utilizaba era seguro porque, si no lo fuera, no lo venderían en las tiendas.
Vivir en una casa también me abrió las puertas a un mundo nuevo de bienes de consumo. Me obsesioné con los ambientadores, por ejemplo, y no tardé en llenar un cajón entero con aromas como brisa marina, campos de fresa y calabaza especiada que prometían convertir nuestra casa en un destino vacacional en California o una pastelería rústica de pueblo. En cualquier momento, sobre todo en otoño y durante las fiestas, tenía dos difusores eléctricos que con suavidad despedían una sinfonía olfativa de menta y canela.
También me volvían loca los champús y acondicionadores con olores intensos que tan populares eran en aquella época —cuanto más «afrutado» fuera el aroma, mejor—. Y aunque no me maquillaba demasiado —brillo de labios, sombra de ojos y máscara de pestañas como mucho, además de lápiz de ojos y corrector si me sentía elegante—, me las arreglé para hacer acopio de unas provisiones ingentes (tal vez vergonzosas) de muestras gratuitas de las marcas de cosméticos.
Sin embargo, después de la muerte de Truxtun me di cuenta de que había estado ingiriendo, absorbiendo, inhalando y exponiéndome de otras maneras a cientos de químicos cada día. Todos los productos perfumados, como los ambientadores y productos para el cabello con aroma, estaban plagados de «fragancias» sintéticas que pueden contener bajo un solo término más de tres mil ingredientes y químicos sin especificar.5 Los químicos sin especificar ocultos bajo la palabra «fragancia» o «perfume» normalmente contienen ftalatos, un gran grupo de químicos que se ha demostrado que altera el correcto funcionamiento de las hormonas, el sistema inmunológico y el desarrollo de los genitales en recién nacidos varones. También se ha descubierto que los ftalatos aumentan el riesgo de sufrir cáncer de tiroides y otros tipos de cáncer sensibles a las hormonas, entre otros problemas de salud serios.6 Los parabenos, otro tipo de químicos que se encuentra en productos de cuidado personal y en mis pequeñas muestras «gratuitas» sobre el suelo del baño, se han relacionado con el cáncer de mama7 e incluso se han encontrado en muestras de tejido mamario tanto benignos como cancerígenos.8 Muchos de mis productos de cuidado personal también contenían químicos pegilados, que están diseñados a propósito para permear las capas protectoras de la piel y transportar otros químicos directamente al torrente sanguíneo. Había cientos de químicos más en los productos que había dejado en el suelo del baño (leerás sobre muchos de ellos en las páginas siguientes). De repente, me sentí abrumada. Y estaba lista para el cambio.
Hoy ya no estoy abrumada. Estoy informada. Me siento agradecida por haber aprendido a vivir de manera más saludable y porque ahora puedo transmitir ese conocimiento a los demás. Además, cada día es una nueva oportunidad para aprender, ya que a diario se publican nuevas investigaciones y se comparten soluciones novedosas. Reducir la exposición química es un viaje, no un destino.
A pesar de todo, solo hay una cosa que puedo decir con certeza: no importa quién seas, el estilo de vida que lleves o cuántos focos de exposición creas que son inevitables, hay pasos simples y sostenibles que puedes dar para reducir la carga tóxica y disminuir el riesgo de sufrir una enfermedad. Eliminar solo unas pocas toxinas de tu vida diaria puede suponer un impacto significativo en tu salud física y bienestar general. Es más, adoptar ciertos hábitos puede proteger tu cuerpo a largo plazo contra la exposición química en la que incurras.
¿Cómo lo sé? Los niveles existentes de muchos químicos comunes se pueden detectar en las analíticas de fluidos corporales, como las de orina, sangre, leche materna y tejido mamario. Cuando hacemos cambios para reducir la exposición a estos químicos, los niveles de esas sustancias en nuestros fluidos corporales también decaen, lo que reduce el riesgo de contraer enfermedades que ahora se asocian a esos químicos.
En otras palabras, el futuro es tuyo: lo único que tienes que hacer es comenzar el viaje.
La verdad sobre los contaminantes químicos y la salud
Creo que los contaminantes químicos son la causa principal de la mayoría de los problemas de salud agudos y crónicos. De hecho, algunos estudios incluso dicen que el 90 por ciento de las enfermedades se asocian al entorno, y se achacan, sobre todo, al tabaco, el alcohol y la contaminación atmosférica,9 además del consumo de comida procesada.10 Como mínimo, la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada cuatro muertes en el mundo se debe a un entorno no saludable donde las personas están expuestas a un exceso de químicos sintéticos, contaminantes en el aire, agua o tierra, además de otros factores de riesgo.11
No comparto estas estadísticas contigo para que te suenen las alarmas, sino para demostrarte que tienes control sobre el futuro de tu salud. Aunque no todos los contaminantes ambientales puedan evitarse, muchos sí, así que dar pasos proactivos —sin importar en cuánta exposición incurras— puede reducir de manera significativa el riesgo de sufrir afecciones tanto agudas como crónicas.
¿Qué son exactamente los problemas de salud agudos y crónicos? Las afecciones agudas se desarrollan de manera repentina, en general duran un breve periodo de tiempo y abarcan enfermedades como episodios asmáticos, infecciones respiratorias, reacciones alérgicas alimentarias y sarpullidos o dermatitis. Las afecciones crónicas, por otro lado, tienden a empeorar a medida que pasa el tiempo y a menudo vienen provocadas por hábitos presentes en nuestro estilo de vida, como llevar una dieta poco sana, padecer estrés psicológico crónico, fumar tabaco y ser sedentario; por eso se les llama «enfermedades relacionadas con el estilo de vida» o, como señalé antes en este capítulo, «enfermedades de la civilización».12 Entre las enfermedades crónicas se encuentran el cáncer, los problemas de corazón, la demencia, la diabetes, la obesidad, la depresión y las enfermedades autoinmunes.
¿Cómo los contaminantes químicos pueden ser la causa principal de un abanico tan amplio de condiciones médicas? Como estarás comprobando, las sustancias tóxicas ambientales están en todas partes, entre ellas los alimentos que comemos, el agua que bebemos y los productos de cuidado personal y de limpieza que utilizamos. También se encuentran en los aparatos electrónicos, la ropa, los utensilios de cocina, los coches, muebles, pisos y materiales de construcción, así como en la hierba, campos de atletismo, bosques, jardines y playas donde jugamos nosotros y nuestros hijos. En resumen, la mayoría de los lugares y productos de consumo contienen toxinas ambientales, incluso si no podemos verlas ni olerlas —o no cuentan con una etiqueta o señal de advertencia que nos avise de su presencia.
Un motivo por el que los contaminantes ambientales influyen tanto en el riesgo de sufrir enfermedades es que pueden resultar tóxicos en cantidades muy pequeñas. Muchos químicos, como el bisfenol A (BPA), se utilizan para fabricar envases de comida y bebida, mientras que podemos encontrar los ftalatos en cualquier cosa, desde productos de cuidado personal a aparatos médicos. Ambos pueden ser igual de dañinos, si no más, en pequeñas dosis13 que en grandes cantidades, debido a un fenómeno conocido como «curva dosis-respuesta no monotónica». Este fenómeno, que va en contra de los patrones predecibles de las dosis, produce efectos tóxicos en dosis bajas de modo similar a la manera en que las hormonas, en cantidades infinitesimales, pueden suponer unos efectos fisiológicos enormes.14 En esos casos, la dosis no hace el veneno. Y es preocupante, ya que hasta el 99 por ciento de la población cuenta con niveles detectables de BPA en la sangre, sudor u orina,15 mientras que la mayoría de nosotros también tenemos niveles medibles de metabolitos de ftalatos.16
Además, no es solo lo que un químico en la crema humectante, la máscara de pestañas, los pantalones de yoga o el refresco sin azúcar le provoque a tu salud; es lo que podría suponer la combinación de todos esos químicos, un factor X desconocido que casi resulta imposible de analizar o controlar. Si alguna vez diste química en el instituto, sabrás que los químicos pueden interactuar entre ellos, a veces de formas significativas o impredecibles. Hoy hacemos lo mismo con nuestros cuerpos y llevamos a cabo un experimento científico crudo al exponernos a distintos cócteles químicos para los que ni nosotros ni los científicos podemos predecir las consecuencias. El resultado también puede ser más serio de lo que podríamos pensar, ya que exponemos nuestros cuerpos a mezclas de químicos que pueden componer o producir una sinergia entre los efectos dañinos que las sustancias tóxicas individuales poseen por sí mismas.
Los contaminantes ambientales suponen una parte tan intrínseca del día a día de nuestra vida moderna que recientemente los científicos han acuñado el término «exposoma» para describir eso a que nos enfrentamos en la actualidad: la exposición química desde el día en que somos concebidos en el útero hasta el día de nuestra muerte. El exposoma (no confundir con el «microbioma» del cuerpo, un concepto totalmente distinto) recoge todas las exposiciones ambientales que hemos tenido a lo largo de nuestra vida, incluyendo lo que comemos, lo altos o bajos que son nuestros niveles de estrés, las drogas que tomamos, los niveles de contaminación a los que nos enfrentamos y cómo esa exposición variable afecta a nuestra salud. A través de la lente del exposoma, los investigadores ahora saben que los contaminantes ambientales pueden afectar nuestro ADN y modificar su actividad en tiempo real al encender o apagar ciertos genes.17 Este fenómeno se conoce como «epigenética», la capacidad que tienen los factores de nuestro entorno y comportamiento personal de alterar la expresión genética a lo largo de nuestra vida. Mientras que la dieta, el índice de masa corporal, el consumo de tabaco, la actividad física y el estrés psicológico juegan un papel en la epigenética, uno de los factores más influyentes es la exposición a los contaminantes ambientales.
La buena noticia sobre la epigenética, sin embargo, es que también sabemos qué factores del estilo de vida pueden afectar de manera positiva la actividad genética. Estos factores incluyen llevar una dieta muy nutritiva, mover el cuerpo de manera regular y significativa, y reducir el estrés psicológico, entre otros hábitos que cubriremos en los próximos capítulos. Así que, si bien tal vez no seamos capaces de obviar por completo el impacto de todas las toxinas ambientales en nuestra actividad genética, ten por seguro que podemos adoptar hábitos nuevos para contrarrestar sus efectos negativos. A lo largo de este libro, compartiré contigo algunas formas de influir en los genes en tiempo real para “hackear” de manera efectiva el exposoma.
El eslabón perdido: contaminantes ambientales, salud inmunitaria e inflamación
Si quieres reducir tu exposición a los químicos de manera directa y efectiva, saber cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan el cuerpo a niveles biológicos tiene sus ventajas. Una vez que comprendas la biología del problema, podrás determinar qué necesitas hacer para remediarlo. Se le atribuye al antiguo CEO de Apple, Steve Jobs, la siguiente frase: «Si defines el problema de manera correcta, casi tienes la solución».18 Así que vamos a definir el problema.
Los contaminantes ambientales son dañinos para nuestra salud porque interfieren con el correcto funcionamiento de casi todos los sistemas del cuerpo, incluidos el respiratorio, cardiovascular, reproductivo, nervioso y endocrino. Sin embargo, esto no es un motivo para alarmarse; llevamos años viviendo entre contaminantes ambientales y lo seguiremos haciendo unos cuantos más, al igual que hemos convivido con virus e insectos peligrosos. Al contrario, eso es un motivo para seguir leyendo. Al igual que para evitar el resfriado común y la gripe, hay cosas que puedes hacer para eludir los contaminantes ambientales si sabes qué son.
Hasta la fecha, la mayoría de las investigaciones sobre los contaminantes ambientales y la salud humana se han centrado en el sistema endocrino, una red de glándulas repartidas por el cuerpo que funcionan codo con codo para monitorear, fabricar y regular las hormonas (piensa en la hormona tiroidea para el metabolismo; la insulina para ayudar a regular la glucosa en sangre; las hormonas sexuales para el desarrollo del feto, el crecimiento y la fertilidad, y las hormonas de la glándula suprarrenal para ayudar a controlar la presión arterial). En resumen, las hormonas que controlan nuestro sistema endocrino pueden afectar casi todos nuestros procesos físicos, como el metabolismo, el estado anímico, la fertilidad, el crecimiento y el desarrollo, las funciones sexuales y el sueño.
Las toxinas ambientales pueden alterar las funciones endocrinas normales de distintas formas.19 Algunos disruptores endocrinos (EDC) alteran la producción normal de las hormonas, como el estrógeno, la testosterona, la insulina, la hormona tiroidea y la del crecimiento. Los EDC también pueden imitar a las hormonas, engañando a los órganos y al cuerpo para responder de manera insuficiente o en exceso, lo que puede dar como resultado hiper o hipotiroidismo, diabetes e hipertensión. Algunos EDC aumentan el crecimiento celular en los tejidos. Otros afectan al tipo de células producidas por la médula ósea (células madre) y las engañan para que se conviertan en adipocitos en lugar de plaquetas o células inmunitarias.
Entre los EDC más comunes se incluyen el bisfenol A (BPA), los ftalatos, el triclosán (se encuentra en utensilios de cocina y productos de cuidado personal), los bifenilos policlorados (PCB, prohibidos hace décadas, pero debido a su persistencia todavía contaminan algunos pescados, carnes y productos lácteos) y las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS, conocidas como los “químicos eternos”, que se encuentran en una plétora de artículos como productos de limpieza, utensilios de cocina antiadherentes, telas resistentes a manchas e impermeables, hilo dental, extintores y productos de cuidado personal).20 Los químicos tienen muchos acrónimos en los productos comunes pero, de nuevo, no hay necesidad de alarmarse: en este libro aprenderás a evitarlos todo lo que puedas.
Por su capacidad de alterar la función hormonal, los EDC se han relacionado con cánceres sensibles a las hormonas (por ejemplo, los de mama, testículos, tiroides, endometrio y útero), diabetes, problemas de corazón, afecciones respiratorias, complicaciones metabólicas, alteración de la función del sistema nervioso, endometriosis, fertilidad baja, trastornos neurológicos y otros muchos problemas de salud.21 En 2012, la Organización Mundial de la Salud declaró que los EDC eran «una amenaza global que se debería abordar»,22 lo que originó un frenesí de investigaciones sobre ese tipo de sustancias químicas. Y ya puedes sentirte bien porque estás abordando el problema por ti mismo: ¡has elegido este libro!
Por desgracia, las sustancias tóxicas ambientales no afectan solo nuestro sistema endocrino. También interfieren con nuestro sistema inmunológico, que es la mejor y única defensa de nuestro cuerpo contra la enfermedad. De hecho, la mayoría de los EDC comunes también son IDC o disruptores inmunológicos, toxinas ambientales que interfieren con el correcto funcionamiento de nuestro sistema inmunológico. Al igual que los EDC, los IDC se han relacionado con el cáncer, la diabetes, los problemas de corazón, las enfermedades autoinmunes, las enfermedades neurológicas, la obesidad, el asma, las alergias, el aumento de peso, el envejecimiento prematuro y una mayor susceptibilidad a sufrir infecciones, además de una menor respuesta a las vacunas, entre otras muchas afecciones.
El impacto de las sustancias tóxicas ambientales de hoy en nuestra salud inmunológica es uno de los grandes motivos por los que escribo este libro. Como reumatóloga, sé por mi formación médica y experiencia clínica que la fortaleza de nuestro sistema inmunológico importa muchísimo en nuestra salud y bienestar general. Sin un sistema inmunológico fuerte, nos enfermamos. Y una razón por la que nos enfermamos es que hay un proceso que nuestro sistema inmunológico maneja directamente: nuestro grado de inflamación interna.
Durante las últimas décadas, la palabra «inflamación» ha estado en boga entre los expertos e influencers de la salud, por un buen motivo. La inflamación es la respuesta natural de nuestro sistema inmunológico a las heridas, infecciones o sustancias extrañas que entran en nuestro cuerpo y que nuestras células inmunitarias no reconocen. Cuando nuestro sistema inmunológico se enfrenta a uno de esos factores, envía un ejército de células inmunitarias para promover la curación, luchar contra el problema o neutralizarlo.
Existen dos tipos de inflamación: aguda y crónica. La inflamación aguda ocurre cuando nos hacemos una herida o tenemos una infección, dígase un corte en el dedo, un hueso roto, una picadura de abeja o la exposición a un virus como el del resfriado o la gripe. Con la inflamación aguda experimentamos síntomas inmediatos, entre ellos dolor, enrojecimiento e hinchazón, y estos síntomas acaban por disminuir en cuestión de horas, días o semanas.
Por otro lado, la inflamación crónica sucede cuando nuestro sistema inmunológico se dispara de manera constante por una sustancia extraña, lo que provoca una respuesta inflamatoria una y otra vez. Aunque no siempre podemos ver o tocar la inflamación crónica, puede producir síntomas como cansancio, aumento de peso, complicaciones gastrointestinales, dolor crónico, sarpullidos en la piel y depresión, ansiedad y otros trastornos del estado anímico. Con el tiempo, si no se trata, la inflamación crónica puede provocar cáncer, problemas de corazón, diabetes, enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y enfermedades autoinmunes; estas últimas se dan cuando el sistema inmunológico ataca a su propio tejido sano.23 Las enfermedades causadas por la inflamación crónica constituyen más de la mitad de las muertes que se producen en todo el mundo, según estimaciones globales.24
Una de las causas principales de la inflamación crónica son las toxinas ambientales.25 Cada vez que nos exponemos a un disruptor inmunológico, nuestro cuerpo percibe la sustancia como un agente invasor y lo ataca mediante la inflamación. Como todos estamos expuestos a cientos de IDC cada día —sin importar nuestra edad, raza, nivel de ingresos o país de residencia—, nuestro sistema inmunológico no deja de activar la respuesta inflamatoria, lo que crea un estado de inflamación crónica. Como resultado, la mayoría de nosotros sufrimos de inflamación crónica en cierta medida. Y, por desgracia, esa inflamación crónica hace que muchos enfermemos.
¿Por qué nuestro sistema inmunológico no se adapta a los IDC como hace con algunos virus, bacterias y otros invasores a los que estamos expuestos de manera rutinaria a lo largo de nuestra vida? La respuesta corta es que no ha tenido tiempo suficiente para evolucionar. Para ser más específica: la parte de nuestro sistema inmunológico conocida como «sistema inmunológico adaptativo» no ha tenido suficiente tiempo para evolucionar.26 Como ves, nuestro sistema inmunológico es antiguo y exquisito, y ha protegido a los humanos de invasores externos durante milenios. Sin embargo, durante el último siglo se ha visto expuesto a cientos de químicos sintéticos nuevos o agentes agresores, sin tener el tiempo suficiente para evolucionar sus respuestas. Veámoslo en más detalle.
Nuestro sistema inmunológico se compone de dos partes: el sistema inmunológico innato, aquel con el que nacimos y que se ha ido programando durante los millones de años de evolución humana para reconocer a los invasores, y el sistema inmunológico adaptativo, que puede cambiar a lo largo de nuestra vida para combatir sustancias nuevas con las que no nos hemos topado antes. El COVID-19 es un gran ejemplo de cómo funciona nuestro sistema inmunológico adaptativo. A pesar de que el COVID-19 era un virus «nuevo», nuestro sistema inmunológico adaptativo fue capaz de generar anticuerpos para luchar contra él cuando nos expusimos por primera vez a la enfermedad, ya fuera mediante la vacuna o el contagio. Lo que ayudó a nuestro sistema inmunológico a crear esos anticuerpos es que el COVID-19 no dista mucho de lo que nuestro cuerpo ha visto durante nuestro pasado evolutivo. Primero, es un virus natural; segundo, pertenece a una familia de coronavirus que los investigadores calculan que lleva existiendo siglos entre los humanos.27
La mayoría de los químicos fabricados por el hombre, por el contrario, llevan existiendo menos de cien años aproximadamente, desde el comienzo de la industrialización de productos químicos y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Desde la perspectiva de nuestro sistema inmunológico, cien años no es ni un parpadeo en la pantalla del radar metafórico de la evolución humana. Aún más, como los contaminantes ambientales son sintéticos (es decir, «no naturales») y en general increíblemente potentes, son más «extraños» a nuestro sistema inmunológico que los invasores naturales. Por estas razones se ha demostrado que los contaminantes químicos interfieren con la síntesis de citocinas del cuerpo, esas proteínas inmunitarias que ayudan a controlar la inflamación, y con las inmunoglobulinas, un tipo de anticuerpo.28 El cuerpo humano puede descomponer algunos químicos, como los BPA, que se encuentran en comidas en lata y en el papel térmico (por ejemplo, tickets o tarjetas de embarque), en apenas unas horas —aunque se utilizan miles de millones de BPA en tantos productos que prácticamente todo el mundo en todas partes está expuesto a ellos de manera continua—.29 Sin embargo, el cuerpo necesita meses e incluso años para eliminar otros químicos, y cuanto más tiempo permanecen en él, mayor es el riesgo potencial de tener problemas de salud. Esto sucede en especial con los «químicos eternos», como las sustancias polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS, que se encuentran en utensilios de cocina antiadherentes, envases de comida, agua potable y decenas de otros productos. Se llaman «sustancias químicas eternas» porque no se descomponen con el tiempo. (Aprenderás mucho más sobre las PFAS y cómo evitarlas en los capítulos siguientes). Según las investigaciones, estas toxinas peligrosas pueden suprimir la capacidad de nuestro sistema inmunológico de combatir la infección, y reducir la eficacia de algunas vacunas al amortiguar la respuesta que se busca de los anticuerpos.30
Comprender cómo las sustancias tóxicas ambientales afectan nuestro sistema inmunológico nos da una oportunidad increíble para contraatacar. Cuando sabemos cómo y por qué los IDC afectan nuestro cuerpo, también sabemos qué podemos hacer al respecto y qué acciones tomar para potenciar la fuerza de nuestra inmunidad y reducir los niveles de inflamación crónica. (Más adelante en el libro compartiré cómo hacer ambas cosas).
El hecho de que se permita que estos químicos existan en nuestro entorno es un despropósito, y está bien estar enfadado y asustado, pero ya no tendrás que vivir con miedo. En este libro te ayudaré a adoptar los mejores cambios de estilo de vida para que puedas reducir la exposición, cambios que encajarán contigo y con tus seres queridos. Y estos cambios en el estilo de vida funcionan. Hoy en día, cuando me hago analíticas de sangre para ver si tengo contaminantes ambientales, los resultados son increíbles. Por ejemplo, mientras que el 97 por ciento de los estadounidenses tienen niveles de PFAS detectables en la sangre, yo no.31
Product Details
- Publisher: Atria/Primero Sueno Press (March 3, 2026)
- Length: 416 pages
- ISBN13: 9781668206690
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Trade Paperback 9781668206690
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