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La encrucijada (The Crossroads)

LIST PRICE $17.99

Jaime y Ángela descubren lo que es vivir como inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos en la continuación de El único destino, libro ganador del premio Pura Belpré Honor.

Jaime Rivera pensó que después de cruzar México y entrar en Estados Unidos, lo peor había quedado atrás. No podía ser muy dificil comenzar en una escuela nueva. Pero lo es. Y no solamente porque casi no habla inglés. Mientras que su prima hermana Ángela se adaptó rapidamente e hizo nuevos amigos y se envolvió en actividades después de clases, Jaime siente que este lugar extraño no es su “hogar.” Su hogar de verdad es con sus padres, con abuela y con el resto de su familia y no en este lugar donde hay más cactus y ganado que personas y donde él siente que no puede ser él mismo—un muchacho de Guatemala.

Cuando llegan malas noticias de sus padres en Guatemala sentimientos de impotencia y culpa atormentan a Jaime. La violencia de las pandillas en Guatemala significa que no puede regresar. Pero tampoco está seguro de que se quiera quedar. Los Estados Unidos no son la maravilla que todos le habían dicho que era, especialmente si no tienes papeles, si estás indocumentado. Pero cuando las cosas lucen sombrias la esperanza llega de lugares inesperados: un muchacho callado en el autobús, una maestra de música, un viejo que trabaja en el rancho. Con su cuaderno de dibujar siempre en sus manos Jaime comienza a usar sus dibujos para demostrar lo que significa ser un ciudadano de verdad.

La encrucijada (The Crossroads) CAPÍTULO UNO


—¿Estás seguro de que tengo que ir? Solamente quedan seis semanas y tres días de clases en la escuela. —Jaime torció con sus manos las correas de su nueva mochila—. Te puedo ayudar con el trabajo. Sé que lo puedo hacer.

Parecía que el edificio de color marrón había descendido del cielo a un campo de cactus y de arbustos que los locales llamaban árboles. El cristal de las ventanas brillaba y las paredes de ladrillos y estuco sin grafiti hacían que el edificio luciera fuera de lugar. Todo parecía nuevo. Pero para Jaime Rivera, que estaba acostumbrado a los bloques astillados y las ventanas de tablillas que había que abrir y cerrar con las manos, el edificio de la escuela le parecía de otro mundo.

Tomás puso el brazo sobre los hombros de Jaime mientras continuaba conduciendo en la carretera de dos carriles hacia el edificio solitario en el medio del desierto. Al lado de Jaime, su prima hermana Ángela movió su mochila nueva sobre sus piernas para aguantar la mano de Jaime.

—Yo también estoy asustada —dijo lo suficientemente alto para que Jaime la escuchara.

Habían hablado sobre este tema durante toda la semana. Tomás y Ángela, y mamá y papá desde Guatemala. Hasta la abuela expresó su opinión. Todos estaban de acuerdo. «Los niños necesitan ir a la escuela y ellos debían de estar agradecidos por la oportunidad que tienen». No era que Jaime no quisiera ir a la escuela. Era que él consideraba que era mejor comenzar en agosto y no a mediados de abril.

Hoy hacía una semana que estaban viviendo con su hermano Tomás y que habían llegado al sur de Nuevo México. Hacía solamente una semana que él y Ángela habían cruzado la frontera para entrar en los Estados Unidos.

Tomás estacionó la camioneta en un parqueo grande que estaba al lado de la puerta de cristal de entrada. A estas personas del norte les gustaba mucho el cristal.

—Bueno. Mientras más rápido hagamos esto mejor. Así verán que todo va a salir bien.

Jaime no lo quiso creer. Miró a Ángela de reojo y salió por la puerta del chofer que Tomás mantenía abierta para él. Se escuchó un segundo portazo cuando Ángela salió por la otra puerta. Con quince años ella iba a ir a una escuela diferente que estaba a diez minutos de ahí, en el medio del pueblo. Ellos habían pasado delante de esta ayer cuando habían ido al supermercado. Esa escuela por lo menos tenía personalidad, con pintura vieja y agujeros en la cerca. No era como esta prisión con la cerca de púas para mantener a los niños atrapados, como si hubiera algún lugar a donde ir desde allí.

Caminaron juntos, con Jaime agarrado a la mano de Ángela otra vez y Tomás al frente. Después de atravesar la puerta de entrada de cristal llegaron a otras puertas de cristal que estaban cerradas. Había que tocar el timbre o tener un pase especial para pasar a través de esas puertas. Definitivamente esto era una prisión.

Ya todos los papeles habían sido llenados y no había nada que pudiera impedir lo inevitable. Hasta la señorita con el pelo teñido de color granate que lo iba a llevar a su celda estaba presente.

Ella entró por las puertas de cristal vestida con unos vaqueros desgarrados y por lo menos tres blusas una encima de la otra, que la hacían parecer como una roquera.

—Hi, I’m Ms. McAllister. Do you speak English?

Jaime entendió lo suficiente y sacudió la cabeza, no.

Esta «Miz Macálista» no perdió ni un momento y comenzó a hablar en un español bueno aunque era una gringa.

—No te preocupes. El maestro de español está enfermo hoy, así que yo te voy a ayudar. Despídete de tu papá y. . .

—Hermano —corrigió Tomás y continuó hablando en inglés mientras extendía la mano—. I’m his brother, Tom.

A su lado Ángela miró a Jaime de reojo. A Tomás le gustaba lucirse de que él hablaba un inglés casi perfecto, pero no se habían acostumbrado a que él fuera «Tom».

—Mucho gusto —Miz Macálista le estrechó la mano y continuó hablando en español—. Vamos a llevarlo a su salón de clase. Lo puede recoger a las tres de la tarde afuera de las puertas de cristal. Los alumnos de sexto grado no necesitan estar acompañados por una maestra.

Ángela abrazó a Jaime lo mejor que pudo, pues él tenía la mochila en la espalda. Él notó que los huesos de la espalda de Ángela sobresalían más de lo normal, más que antes.

—Vas a estar bien —ella susurró en su oído con un suspiro para evitar las lágrimas—. Me gustaría que estuvieras con nosotros cuando me dejen en la escuela.

Jaime puso presión con las manos en la columna de ella.

—Estaré ahí para recogerte.

Tomás también lo abrazó y salió junto con Ángela a través de la puerta de cristal.

Miz Macálista esperó hasta que la camioneta se fuera antes de ponerle la mano en el hombro.

—Ven. Mrs. Threadworth debe de estar preguntándose dónde estás.

Ella usó una tarjeta plástica que colgaba de su cuello para abrir la puerta de cristal que estaba cerrada y caminaron por el vasto corredor.

—Lo siento; nuestro distrito escolar no tiene mucho dinero —la maestra continuaba hablando en español—. El año escolar está muy avanzado para ponerte en una clase especial para que aprendas inglés, pero espero que no se te haga muy difícil.

Nada de lo que Jaime vio le indicó que era un distrito escolar pobre: tenían plomería y electricidad. Al contrario, era uno de los edificios en mejores condiciones en que él había estado. Adentro lucía tan nuevo como afuera. Los pisos brillaban y te resbalarías si estuvieras solamente con medias. Las paredes no estaban ni descascaradas ni sucias. Al lado de cada salón había un tablero de noticias con proyectos de la clase: mapas con todos los estados del Norte, y ensayos en inglés con una escritura excelente. Los de kínder tenían las letras en mayúscula y minúscula. Cuando Miz Macálista se detuvo estaban frente a una puerta con fotografías de proyectos de ciencia. Jaime tragó en seco. Él nunca había sido bueno en ciencia.

Miz Macálista tocó en la puerta y entró antes de que le contestaran.

Cuatro filas con seis escritorios en cada una estaban apiñadas en el salón de clase. Todos los escritorios menos uno estaban ocupados. Veintitrés pares de ojos lo miraron fijamente como si fuera un extraterrestre. Se pasó la mano por su nuevo corte rapado y sintió las agujas puntiagudas de los pelos, pues se había puesto demasiado fijador en el cabello.

—Come in. —La maestra hizo un gesto con la mano para que entrara. Tenía una voz profunda, y solamente con esas palabras Jaime comprendió que esta era una maestra con quien no se podía disgustar.

—What is your name? —preguntó.

Algunos de los veintitrés pares de ojos parpadearon y continuaron mirándolo fijamente. ¿Cuál era la salida? ¿Doblando dos veces a la derecha y una a la izquierda estaría frente de la puerta de cristal? No estaba seguro, como, tampoco estaba seguro de si la puerta de cristal estaba cerrada por dentro.

—Él no habla inglés —contestó Miz Macálista en inglés y, hablándole a Jaime en español, dijo— Mrs. Threadworth te preguntó cuál es tu nombre.

Magnífico. Ahora cuarenta y seis ojos iban a pensar que él era estúpido además de extraterrestre.

—Jaime Rivera.

Su maestra continuó en inglés.

—Where are you from?

Jaime se meció de un lado a otro. Si decía la verdad de donde venía podrían darse cuenta de que no tenía papeles. Pero si mentía no los iba a poder convencer de que sabía suficiente inglés para ser de aquí. En la escuela anterior había aprendido un poco de inglés, pero él no era como Tomás y Ángela. Los idiomas se le hacían difíciles.

Él entendía más de lo que podía hablar y había entendido lo que Misus le había preguntado, como también había entendido la primera pregunta que le había hecho. Se forzó a contestar para probarles que él no era estúpido.

—Guatemala.

—And how old are you?

Sintió más pánico que antes. Él había entendido la pregunta pero no estaba seguro de la respuesta.

—Telv —dijo, intentado decir «doce» en inglés.

Como lo esperaba, todas las veintitrés bocas estallaron en carcajadas. Jaime sintió que la cara le quemaba y se preguntó si había dicho una mala palabra.

La maestra dijo algo que hizo que todos se callaran. Dirigiéndose hacia Jaime dijo otra cosa, señalando hacia el escritorio que estaba vacío en la esquina al lado de la ventana. Él comprendió y se escurrió hacia ahí. Desde el frente de la clase Miz Macálista, su aliada que hablaba español, dijo adiós y se fue.

La maestra continuó hablando y escribiendo en la pizarra. Él no sabía qué asignatura ella estaba enseñando. Ya nadie lo miraba fijamente, pero los niños no tenían ningún libro abierto que le pudiera indicar qué estaban estudiando.

Jaime miró desde el reloj (eran solamente las 8:52) hacia la ventana. Enseguida se dio cuenta de que el cristal estaba fijo y no se podía abrir. En su país las ventanas de tablillas estaban siempre abiertas durante el día para dejar que entrara la luz y hubiera brisa. Él deseaba sentir la brisa.

En la cornisa de la ventana había un insecto oscuro con seis patas y unas antenas. Si él se atreviera podría sacar su cuaderno y dibujar el insecto. Decidió en vez trazarlo con su dedo en el escritorio. No, no tenía seis patas, solamente cinco. Una de ellas se debía de haber partido.

Estaba añadiendo hojas invisibles a su dibujo cuando la maestra dejó caer un libro en su escritorio que aplastó al insecto imaginario.

La maestra dijo algo como «Lee esto» y regresó con el resto de la clase. Cuando Jaime levantó el libro solo vio un escritorio viejo de metal. No había ningún dibujo del insecto y éste tampoco estaba afuera.

El libro era uno de esos para bebés con fotografías y la palabra escrita debajo. Pero leer en inglés no era lo mismo que leer en español. Ya él sabía que horse se pronunciaba «jors» y que bird era más como «berd». Él continuó de las 9:14 hasta las 9:39, hasta que surgió el desastre. Tenía que orinar urgentemente.

—¿Misus? —dijo mientras levantaba la mano.

—Yes, Jaime?

Lo intentó en inglés.

—I go bat rum?

Ella señaló hacia la pizarra y dijo algo que él no entendió pero que sonaba como «sin aut». Esto no tenía sentido. Quizás ella no había entendido.

9:51.

—¿Misus? I go toilet?

Esta vez lo que ella contestó sonaba como «sain aut» pero no entendió lo que significaba. Se cruzó las piernas. 9:56. Había que ser más franco.

—¡Misus, pipí!

Las veintitrés bocas se rieron y los veintitrés pares de ojos lo miraban de reojo y se volvían a reír.

—Please sign out. —Y volvió a señalar a la pizarra.

10:02.

Apretó las piernas con más fuerza. Él entendía please y también out que significaba afuera. Pero no entendía la palabra «sign», y qué ella señalaba en la pizarra era un misterio. Quizás la letrina estaba detrás de la pizarra. Pero él recordaba haber pasado los baños cuando se dirigían hacia la clase.

10:09. No podía aguantar más.

—¡Misus! —Corrió hacia la puerta sin esperar respuesta. Pero al levantarse se relajaron sus músculos y antes de llegar a la puerta sintió que algo tibio le corría por las piernas.
Owen Benson

Alexandra Diaz is the author of The Only Road, which was a Pura Belpré Honor Book, an ALA Notable Book, and the recipient of two starred reviews. She is also the author of Of All the Stupid Things, which was an ALA Rainbow List book and a New Mexico Book Award finalist, The Crossroads, and Santiago’s Road Home. Alexandra is the daughter of Cuban refugees and lives in Santa Fe, New Mexico, but got her MA in writing for young people at Bath Spa University in England. A native Spanish speaker, Alexandra now teaches creative writing to adults and teens. Visit her online at Alexandra-Diaz.com.

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