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Table of Contents
About The Book
A través de cien montañas es un relato asombroso y conmovedor de migración, pérdida y hallazgo; de cómo dos mujeres -- una nacida en México y la otra en los Estados Unidos -- encuentran que sus vidas coinciden de la manera más improbable.
Luego de una tragedia que la separa de su madre, Juana García abandona su pueblo en México para encontrar a su padre que había dejado casa y familia dos años antes para buscar trabajo en los Estados Unidos.
Sin dinero y necesitada de que alguien la ayudara a cruzar la frontera, Juana conoce a Adelina Vásquez, una joven que dejó a su familia en California para seguir a su amante a México. Al encontrarse en circunstancias desesperadas -- en una cárcel de Tijuana -- se ofrecen mutua ayuda y sus vidas terminan entrelazadas de la manera más inesperada.
El fenómeno de la migración mexicana a los Estados Unidos es uno de los problemas más controvertidos de nuestro tiempo. Si bien se debaten con frecuencia sus implicaciones políticas y económicas, Grande, en esta obra brillante, logra ponerle un rostro humano al tema. ¿Quiénes son los hombres, mujeres y niños cuya existencia se ve afectada por las fuerzas que impulsan a tantos a arriesgar la vida y cruzar la frontera en busca de un mundo mejor?
Siga su trayectoria A través de cien montañas y compruébelo.
Luego de una tragedia que la separa de su madre, Juana García abandona su pueblo en México para encontrar a su padre que había dejado casa y familia dos años antes para buscar trabajo en los Estados Unidos.
Sin dinero y necesitada de que alguien la ayudara a cruzar la frontera, Juana conoce a Adelina Vásquez, una joven que dejó a su familia en California para seguir a su amante a México. Al encontrarse en circunstancias desesperadas -- en una cárcel de Tijuana -- se ofrecen mutua ayuda y sus vidas terminan entrelazadas de la manera más inesperada.
El fenómeno de la migración mexicana a los Estados Unidos es uno de los problemas más controvertidos de nuestro tiempo. Si bien se debaten con frecuencia sus implicaciones políticas y económicas, Grande, en esta obra brillante, logra ponerle un rostro humano al tema. ¿Quiénes son los hombres, mujeres y niños cuya existencia se ve afectada por las fuerzas que impulsan a tantos a arriesgar la vida y cruzar la frontera en busca de un mundo mejor?
Siga su trayectoria A través de cien montañas y compruébelo.
Appearances
JUN 15
7:00PM
Vroman's Bookstore
695 E. Colorado Blvd
Pasadena, CA 91101
JUN 17
6:30PM
In Person
Reyna Grande discusses MIGRANT HEART with Leslie Priscilla
The Untold Story Bookstore
301 N Anaheim Blvd
Ste D
Anaheim, CA 92805
Excerpt
1. Adelina adelina
—Ésa es la tumba de tu padre —repitió el viejo, con una voz casi inaudible. Estuvo callado durante la mayor parte del cruce. Cuando tenía que hablar, lo hacía suavemente, como si ese lugar fuera tan sagrado como una iglesia.
La frontera entre Estados Unidos y México.
Adelina miró el montón grande de piedras que él estaba señalando. El viejo tenía que estar equivocado. Su padre no estaba debajo de esas piedras. No podía estarlo.
Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego la usó como un visor para proteger sus ojos del brillo del sol. Dio unos pasos hacia adelante hasta quedar bajo la sombra de la peña que se elevaba sobre ellos y el montón de piedras.
¿Sería posible que su padre estuviera enterrado ahí?
A Adelina se le hizo un nudo en la garganta. Tenía la boca seca, y tragar saliva le lastimaba, como si estuviera comiéndose una tuna con todo y espinas. Sintió que las lágrimas le quemaban los ojos y rápidamente se los secó.
—No es muy tarde como para darnos la vuelta y regresar —dijo el viejo—. Tal vez sería lo mejor.
Adelina respiró profundamente, luego volteó a mirar los arbustos y matorrales esparcidos a su alrededor. La tierra parecía no tener fin. Les había tomado casi todo el día para llegar aquí. Esta vez no habían sido descubiertos por la migra.
Adelina volteó a mirar al viejo. Debió haber sido un buen coyote en sus viejos tiempos, cuando era joven y ágil. Aún ahora, a su avanzada edad, con un ojo ciego y una rodilla lastimada, había logrado traerla hasta aquí, escapando de los ojos vigilantes de la migra en este su segundo intento.
—Ya nos podemos ir de regreso —dijo el viejo otra vez—. Ya has visto su tumba, espero te baste con esto.
Adelina negó con la cabeza y empezó a caminar hacia las piedras.
—Yo no vine a mirar una tumba. —Se quitó la mochila que traía en su espalda y agregó—: Yo vine a encontrar a mi padre y me lo llevaré conmigo, aunque tenga que cargar sus huesos en mi espalda.
El viejo se le quedó viendo con sorpresa. Adelina no le miró el ojo café, el ojo bueno, sino el izquierdo, cubierto con una membrana azul. Había descubierto que ésta era la única manera de hacer que desviara la vista. El viejo volteó a mirar las piedras y no dijo nada.
Pero Adelina sabía lo que él estaba pensando. Ella le había mentido. No le dijo que estaba planeando desenterrar el cuerpo y, si en verdad era su padre, que se lo llevaría. Si ella le hubiera dicho eso, él no la habría traído aquí.
Adelina se agachó y empezó a levantar las piedras una por una. ¡Tantas piedras encima de él! ¡Tanto peso que aguantar! Quizá cuando las piedras desaparecieran, quizá cuando él estuviera libre, ella también lo estaría.
—Puede que ni sea él —dijo el viejo agarrándole el brazo para evitar que quitara más piedras.
—Lo tengo que saber —dijo Adelina—. Durante diecinueve años no he sabido qué le pasó a mi padre. Usted no tiene idea lo que es vivir así. Hoy sabré la verdad.
Adelina jaló el brazo. El viejo la soltó y se alejó. Ella continuó levantando más piedras.
Adelina trató de apurarse. Una por una las fue quitando. Algunas rodaron hacia abajo y le golpearon las rodillas. Le rasparon sus dedos, que empezaron a dolerle. Todavía existía la posibilidad de que el viejo tuviera razón. Tal vez no era su padre. ¿Pero qué sería peor, que lo fuera o que no lo fuera?
¡Diecinueve años sin saberlo! Demasiados años pensando que él las había abandonado.
—¡Mira! —gritó el viejo.
Adelina se dio vuelta y vio una nube de polvo ascendiendo a lo lejos.
—La migra —dijo el viejo—. Tenemos que escondernos.
Adelina volteó a ver las piedras y con desesperación empezó a lanzarlas contra la peña. El sonido resonó contra el polvo acumulado. Ella tenía que saber quién estaba enterrado allí. Tenía que comprobar por sí misma si en verdad era su padre.
—¿Qué estás haciendo? ¡Escóndete! —El viejo rápidamente se dirigió hacia una grieta en la peña, pero Adelina continuó quitando las piedras y no se movió de donde estaba.
—Déjelos que vengan —dijo Adelina—. Deje que la migra nos encuentre. Tal vez nos puedan ayudar a llevarnos de regreso los huesos de este hombre.
Adelina respiró con dificultad. Rápidamente quitó más piedras y desenterró una pequeña cruz de metal. Se cubrió la boca con la mano, para ahogar un grito. Miró directamente al ojo ciego del viejo, pero esta vez él no desvió la mirada.
—Es un rosario blanco con cuentas de corazón, ¿verdad? —le preguntó.
Adelina asintió con la cabeza y miró la cruz oxidada, las cuentas blancas en forma de corazón, los huesos que alguna vez fueron una mano.
El viejo no había mentido.
—Cuando lo encontré, ahí donde está ahorita, tenía el rosario bien apretado —dijo el viejo—. Parecía que había estado rezando hasta su muerte. Tal vez esperando un milagro.
—¡Ese coyote lo abandonó aquí para que se muriera! —gritó Adelina.
—A tu padre lo mordió una culebra. El coyote probablemente lo dejó aquí pa’ que la migra lo encontrara. Mira, ahí vienen.
Adelina se dio la vuelta y miró hacia el vehículo blanco que se aproximaba. La migra había llegado. Solo que diecinueve años tarde para salvar a su padre.
—Ésa es la tumba de tu padre —repitió el viejo, con una voz casi inaudible. Estuvo callado durante la mayor parte del cruce. Cuando tenía que hablar, lo hacía suavemente, como si ese lugar fuera tan sagrado como una iglesia.
La frontera entre Estados Unidos y México.
Adelina miró el montón grande de piedras que él estaba señalando. El viejo tenía que estar equivocado. Su padre no estaba debajo de esas piedras. No podía estarlo.
Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego la usó como un visor para proteger sus ojos del brillo del sol. Dio unos pasos hacia adelante hasta quedar bajo la sombra de la peña que se elevaba sobre ellos y el montón de piedras.
¿Sería posible que su padre estuviera enterrado ahí?
A Adelina se le hizo un nudo en la garganta. Tenía la boca seca, y tragar saliva le lastimaba, como si estuviera comiéndose una tuna con todo y espinas. Sintió que las lágrimas le quemaban los ojos y rápidamente se los secó.
—No es muy tarde como para darnos la vuelta y regresar —dijo el viejo—. Tal vez sería lo mejor.
Adelina respiró profundamente, luego volteó a mirar los arbustos y matorrales esparcidos a su alrededor. La tierra parecía no tener fin. Les había tomado casi todo el día para llegar aquí. Esta vez no habían sido descubiertos por la migra.
Adelina volteó a mirar al viejo. Debió haber sido un buen coyote en sus viejos tiempos, cuando era joven y ágil. Aún ahora, a su avanzada edad, con un ojo ciego y una rodilla lastimada, había logrado traerla hasta aquí, escapando de los ojos vigilantes de la migra en este su segundo intento.
—Ya nos podemos ir de regreso —dijo el viejo otra vez—. Ya has visto su tumba, espero te baste con esto.
Adelina negó con la cabeza y empezó a caminar hacia las piedras.
—Yo no vine a mirar una tumba. —Se quitó la mochila que traía en su espalda y agregó—: Yo vine a encontrar a mi padre y me lo llevaré conmigo, aunque tenga que cargar sus huesos en mi espalda.
El viejo se le quedó viendo con sorpresa. Adelina no le miró el ojo café, el ojo bueno, sino el izquierdo, cubierto con una membrana azul. Había descubierto que ésta era la única manera de hacer que desviara la vista. El viejo volteó a mirar las piedras y no dijo nada.
Pero Adelina sabía lo que él estaba pensando. Ella le había mentido. No le dijo que estaba planeando desenterrar el cuerpo y, si en verdad era su padre, que se lo llevaría. Si ella le hubiera dicho eso, él no la habría traído aquí.
Adelina se agachó y empezó a levantar las piedras una por una. ¡Tantas piedras encima de él! ¡Tanto peso que aguantar! Quizá cuando las piedras desaparecieran, quizá cuando él estuviera libre, ella también lo estaría.
—Puede que ni sea él —dijo el viejo agarrándole el brazo para evitar que quitara más piedras.
—Lo tengo que saber —dijo Adelina—. Durante diecinueve años no he sabido qué le pasó a mi padre. Usted no tiene idea lo que es vivir así. Hoy sabré la verdad.
Adelina jaló el brazo. El viejo la soltó y se alejó. Ella continuó levantando más piedras.
Adelina trató de apurarse. Una por una las fue quitando. Algunas rodaron hacia abajo y le golpearon las rodillas. Le rasparon sus dedos, que empezaron a dolerle. Todavía existía la posibilidad de que el viejo tuviera razón. Tal vez no era su padre. ¿Pero qué sería peor, que lo fuera o que no lo fuera?
¡Diecinueve años sin saberlo! Demasiados años pensando que él las había abandonado.
—¡Mira! —gritó el viejo.
Adelina se dio vuelta y vio una nube de polvo ascendiendo a lo lejos.
—La migra —dijo el viejo—. Tenemos que escondernos.
Adelina volteó a ver las piedras y con desesperación empezó a lanzarlas contra la peña. El sonido resonó contra el polvo acumulado. Ella tenía que saber quién estaba enterrado allí. Tenía que comprobar por sí misma si en verdad era su padre.
—¿Qué estás haciendo? ¡Escóndete! —El viejo rápidamente se dirigió hacia una grieta en la peña, pero Adelina continuó quitando las piedras y no se movió de donde estaba.
—Déjelos que vengan —dijo Adelina—. Deje que la migra nos encuentre. Tal vez nos puedan ayudar a llevarnos de regreso los huesos de este hombre.
Adelina respiró con dificultad. Rápidamente quitó más piedras y desenterró una pequeña cruz de metal. Se cubrió la boca con la mano, para ahogar un grito. Miró directamente al ojo ciego del viejo, pero esta vez él no desvió la mirada.
—Es un rosario blanco con cuentas de corazón, ¿verdad? —le preguntó.
Adelina asintió con la cabeza y miró la cruz oxidada, las cuentas blancas en forma de corazón, los huesos que alguna vez fueron una mano.
El viejo no había mentido.
—Cuando lo encontré, ahí donde está ahorita, tenía el rosario bien apretado —dijo el viejo—. Parecía que había estado rezando hasta su muerte. Tal vez esperando un milagro.
—¡Ese coyote lo abandonó aquí para que se muriera! —gritó Adelina.
—A tu padre lo mordió una culebra. El coyote probablemente lo dejó aquí pa’ que la migra lo encontrara. Mira, ahí vienen.
Adelina se dio la vuelta y miró hacia el vehículo blanco que se aproximaba. La migra había llegado. Solo que diecinueve años tarde para salvar a su padre.
Product Details
- Publisher: Atria/Primero Sueno Press (May 15, 2007)
- Length: 272 pages
- ISBN13: 9781416544746
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"A través de cien montañas es una novela hermosa, que lo dejará atónito".
-- El Paso Times
"Una novela elegante".
-- Revista People
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Book Cover Image (jpg): A traves de cien montanas (Across a Hundred Mountains)
Trade Paperback 9781416544746
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Author Photo (jpg): Reyna Grande Photograph by Ara Arbabzadeh(0.1 MB)
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