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Hasta siempre Cuba, mi isla (Farewell Cuba, Mi Isla)

Translated by Alexandra Diaz
LIST PRICE $17.99

About The Book

Basada en las experiencias reales de la madre de Alexandra Diaz como una refugiada cubana en los Estados Unidos, una historia oportuna y conmovedora de la familia, la amistad, y la lucha por un futuro mejor.

A Victoria le encanta su hogar en Cuba con la tierra hermosa, la deliciosa comida, su mejor amiga y prima, Jackie, y toda su amorosa y numerosa familia.

Pero es el año 1960 y la situación política se está volviendo cada vez más peligrosa. Victoria, sus padres y sus dos hermanos menores tienen que salir como refugiados a los Estados Unidos. Lo peor es que tienen que dejar atrás al resto de su familia, incluyendo a Jackie.

Todo es muy diferente en Miami, Florida. Victoria ayuda a su familia a establecerse en esta nueva vida con la esperanza de que no van a estar ahí por mucho tiempo. Pero en Cuba, nada sigue igual. Jackie ve como sus compañeros y los vecinos huyen y desaparecen. Cuando su familia se entera de un programa que está sacando a los menores de Cuba, los padres de Jackie deciden mandarla para Miami.

Una vez que Victoria y Jackie se vuelven a reunir, ellas esperan que el resto de su familia pueda salir de Cuba sana y salva. Solo el tiempo lo dirá.

Excerpt

21 de Octubre de 1960: El aeropuerto de La Habana 21 DE OCTUBRE DE 1960 El aeropuerto de La Habana
Victoria estaba inquieta.

Sin querer llamar la atención, agarró un poco de la tela para tratar de corregir el problema. Por supuesto mami había insistido que se pusiera una crinolina y una sayuela debajo de la saya. Cuando uno viajaba tenía que estar vestido con sus mejores ropas. Y como el gobierno sólo le permitía llevar dos mudas de ropa, tenían que ser importantes. La humedad en Cuba le impedía llevar medias largas pero no impedía llevar guantes. Una señorita necesitaba llevar guantes, sobre todo en el aeropuerto lleno de gérmenes.

—No te pongas tan inquieta, niña —murmuró mami entre dientes mientras clavaba sus uñas en el hombro de Victoria como si fueran pezuñas—. Van a pensar que estás escondiendo algo.

Ella no estaba escondiendo nada, pero no podía decir lo mismo de su ropa.

No había ningún remedio. Si solo se pudiera excusar para usar el baño para rectificarlo, pero mami jamás consentiría que sus hijos usaran un baño público. ¡No, qué va!

Papi tampoco lo consentiría. Tenían que mantener su lugar en la muchedumbre de cubanos que estaban evacuando su país y donde llevaban más de dos horas esperando. Papi temía que los separaran de manera permanente. Si esto sucedía Victoria tendría que convertirse en la que mandaba en la familia. Mami, en su delicada condición crónica, no podía hacerse cargo de esa responsabilidad. En ese caso la molestia con la ropa sería el menor de los problemas de Victoria.

—¿Qué te pasa? —Jackie murmuró en su oído.

Victoria se quitó los guantes de seda.

—Mis pantis se me están subiendo. Con todas estas capas de ropa no puedo agarrar los bordes.

Jackie resopló y movió a Victoria de manera de que su espalda tuviera mínima visibilidad. Cuando se cercioró de que ningún soldado ni ningún extraño estuviera mirando, levantó las capas de tul de las sayuelas para que Victoria corrigiera el problema con su ropa interior.

Con los guantes en las manos, Victoria puso sus brazos alrededor de Jackie y descansó su cabeza de pelo oscuro sobre la de Jackie que era rubia.

—¿Qué haré sin ti?

—¿Llorar hasta que te duermas? —bromeó Jackie. Pero no era una broma. Los ojos de Victoria estaban todavía rojos de tanto llorar al despedirse de tía Larita y Mamalara. Jackie trataba de hacerse la valiente, pero Victoria sabía que ella lloraría también antes de que terminara el día. Solo Victoria, sus padres y sus hermanos Inés y Nestico tenían pasaportes y pasajes para viajar. Jackie y su padre estarían con ellos solo hasta que saliera el avión.

Aparte del mes que Victoria había nacido antes que Jackie, nunca habían estado separadas por más de unos días. Su casa en La Habana consistía en dos residencias: la familia de Victoria con Mamalara vivía en el primer piso y la familia de Jackie en el segundo. Cuando no estaba en su finca, a Papalfonso le gustaba tener a su familia cerca y había creado su imperio para lograrlo.

Y por supuesto todo el mundo, ya fuera familia o no, siempre se reunían en casa de Victoria. O mejor dicho, en la cocina que era el dominio de Mamalara a pesar de tener a las dos cocineras.

Pero ya no era así.

Dos semanas atrás, las cocineras, Dorotea y Manuela, habían regresado a su país, España. La pequeña fortuna que habían levantado durante los quince años que habían trabajado para la familia se la habían enviado a sus familiares en España meses atrás cuando todavía era permitido.

Desde entonces, Victoria había tenido el estómago revuelto. Ya nada le apetecía.

La fila de pasajeros se movió un paso más cerca.

La familia de Victoria había viajado un par de veces a la Florida y a Nueva York, pero ella nunca había visto el aeropuerto lleno a capacidad. Familias enteras compuestas de abuelos y tíos y primos, todos discutiendo por encima del llanto de bebés. Hombres de negocios hablaban con sus socios en inglés en voces estruendosas. Una superfluidad de monjas guiaba niños agarrados de las manos en línea como un tren. Soldados caminaban entre la muchedumbre con los rifles en los hombros.

Victoria se recostó contra Jackie. Sólida y fuerte, Jackie tenía una personalidad difícil de igualar. Era la persona menos femenina que Victoria conocía y su mejor amiga. Victoria con el pelo casi negro, la piel muy blanca y su cuerpo delgado no se parecía en nada a Jackie, que era rubia con la piel trigueña y muy corpulenta. Una vez de pequeñas, tía Larita las había llevado juntas al parque. Victoria estaba vestida como una señorita con un vestido violeta con una banda blanca y Jackie con pantalones cortos, verdes y manchados de fango que mostraban unas rodillas con rasguños y morados. Una atravesada que se metía en lo que no le correspondía tuvo el atrevimiento de preguntarle a tía Larita por qué estaba cuidando a la hija de la sirvienta. Todo porque Jackie tenía la piel trigueña aunque tenía el pelo rubio y los rasgos faciales de tía Larita.

Como era la hija de tía Larita, Jackie estaba vestida hoy con un pulóver sin mangas, pantalones cortos de hilo y zapatos de tenis. Qué afortunada.

La fila de espera se movió un paso más adelante.

—¿Qué crees que Mamalara está haciendo ahora? —preguntó Victoria.

—Limpiando la casa entera con Pancha —dijo Jackie—. Ya sabes cómo es. No cree en estar sin nada que hacer.

Sí, Mamalara tenía que estar siempre ocupada aun cuando tenían seis personas de servicio y dos cocineras. Su abuela nunca estaba ociosa. Ahora que la familia de Victoria y la mayoría de la servidumbre se habían ido, Mamalara tendría más motivos para buscar una distracción.

—Y tu mamá debe de estar acostando a Clark para dormir la siesta. La próxima vez que lo vea no se va a acordar de su madrina. —Victoria suspiró. Desde el momento en que Clark, el hermano de Jackie, había nacido hacía tres meses, Victoria se había vuelto loca con él. Y no porque se llamara como el actor Clark Gable, que era bien guapo. Todas las noches, ella insistía en darle el biberón y acostarlo a dormir. Convertirse en su madrina había sido lo único bueno que había pasado en las últimas semanas.

Hubiera querido que Mamalara, tía Larita y Clark estuvieran aquí. Pero el aeropuerto abarrotado de gente no era el lugar adecuado para un bebé. Además, con la familia de Victoria, Jackie y tío Rodrigo no hubiera cabido más nadie en la máquina.

Más que eso, Victoria deseaba que Jackie y el resto de la familia estuvieran yéndose con ellos.

Papi insistía que su exilio solo duraría unas semanas, hasta las elecciones del presidente de los Estados Unidos, pero eso seguía siendo más tiempo del que ella había estado separada de toda su familia.

About The Author

Owen Benson

Alexandra Diaz is the author of The Only RoadThe CrossroadsSantiago’s Road Home, and Farewell Cuba, Mi IslaThe Only Road was a Pura Belpré Honor Book and won the Américas Award for Children’s and Young Adult Literature, as well as numerous other accolades. Santiago’s Road Home was an International Latino Book Award gold medalist and an ALA Notable Children’s Book. Alexandra is the daughter of Cuban refugees and lives in Santa Fe, New Mexico, but got her master’s in writing for young people at Bath Spa University in England. A native Spanish speaker, Alexandra now teaches creative writing to adults and teens. Visit her at Alexandra-Diaz.com.

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